Diario de León
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madridAntonio Álvarez.Familia de PacoleónRobles Castro.
León

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Nueva santa,

monja del Císter

E n la mañana del viernes día 12 de febrero —gélida y lluviosa— subía al cielo Sor Carmen Álvarez Álvarez desde la milenaria abadía cisterciense de San Miguel de las Dueñas, a los 84 años de edad y 66 de vida entregada generosamente al mejor de los esposos.

Nacida en el pequeño, pero pintoresco, pueblo de Valdecañada —que ya era citado el año 1085 como la Cannata—, fue el segundo de los cinco hijos del ejemplar y piadoso matrimonio Santos y Rosario Álvarez, primera de cuatro hijas y nacida el 20 de abril de 1931, dos años y medio después del único varón, que esto escribe.

Renunciando a un matrimonio atractivo a sus 18 años, por consejo mío hizo gestiones para ingresar en las monjas clarisas de Cáceres; pero, al fin, decidió elegir el más cercano y observante monasterio cisterciense de San Miguel de las Dueñas, donde ya moraban varias religiosas de Valdecañada y mi papá —entonces presidente y alma de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento— tenía mucha amistad.

El 1 de septiembre de 1949 ingresó para hacer el estudiantado, iniciando el duro noviciado un día antes de cumplir 19 floridos abriles del año 1950, emitiendo los votos religiosos temporales el 28 de abril de 1951 y celebrando la profesión solemne el 12 de mayo de 1954.

En sus largos 66 años —y tras un tiempo de formación general, monástica y de las sagradas escrituras— se entregó con todas sus fuerzas a la vida religiosa y al trabajo comunitario; encargada, sobre todo, de la hermosa, aunque dura, huerta y al cuidado de algunas vacas. Con la dulzura de San Francisco trataba a los perros bravos guardianes del monasterio, alimentaba a las palomas y a la variedad de jilgueros y otras aves cantoras.

Su dulzura y caridad para sus hermanas religiosas y con todas las personas que llamaban a la puerta del convento, muchas veces para ayudarlas espiritualmente, la obligó —pese a su reiterada oposición— a aceptar el honroso, pero duro, cargo de abadesa, que, por repetidas reelecciones duró 15 años en que, aparte de hacer el monasterio más habitable para sus monjas, reparó íntegramente el histórico y extenso edificio, con muchos gastos dinerarios que, cuando yo se lo preguntaba, ella me decía que el mismo día de su consagración como abadesa había nombrado a San José administrador, depositando en sus manos las llaves de la administración del convento y que él nunca le falló

Finalizado su abadengo —aunque continuó como priora, encargada de la cillería y consejera de la Comunidad— le afloraron las consecuencias de sus responsabilidades, trabajo y dura vida. Y, pese a su resistencia increíble, Dios la bruñó como oro en el crisol, con un cáncer: tan maligno que tuvo que ser extirpado dos veces (por el eminente médico de Ponferrada doctor Crespo): en 2008 y en 2011.

Después de siete años de dolores, terribles los últimos meses, Dios la llamó. Y en la media tarde del jueves, día 12 de febrero, en presencia de la hermana sor Tránsito, que la acompañaba —en sus últimos días siempre estuvo acompañada con envidiable cariño por la madre abadesa y otras religiosas—, rezando ésta la plegaria Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo… y al decir Amén, sor Carmen, inconsciente desde hacía dos días, abrió los ojos, sonríó dulcemente a la monja que estaba con ella, dijo claro «amén» y, sin más, «voló» al Cielo.

Hace un año...

H ace un año que nos dejaste. Un año ya, me parece mentira, todavía pienso en llamarte para contarte cosas y luego me doy cuenta que no estás, por lo menos en cuerpo, porque estoy convencida que en alma sigues con nosotros.

Te echamos mucho de menos, siempre estarás en nuestros corazones… Gracias a todos los que nos habéis acompañado en este largo año.

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