TRIBUNA
El hogar de las ánimas
A hora que llega el invierno,/ te recuerdo, cabreirés,/ que compres un par de zuecos/ para abrigarte los pies»: así empezaba un romance de don Leopoldo, el médico de Nogar, en la Cabrera Baja, un tipo legendario por su figura estrafalaria y quijotesca en aquel pequeño y remoto mundo de mitad del siglo pasado, protagonista de un reguero de anécdotas con el brillo de su genio histriónico, socarrón y coplero. Contaba, por ejemplo, su encuentro fortuito con Manuel Girón en plena noche, cuando este lo detuvo con una orden: «¡Alto! ¿Quién va?», y él respondió desafiante: «Soy Leopoldo de Mata: de La Bañeza y sin corbata». Pero, volviendo al invierno, no solo el cabreirés precisaba el calor pedestre de ese concreto abrigo recetado por el galeno zapatero. Había también otros igualmente necesitados, pero en su caso lo eran de otros calores generales, no tan localizados. Las vacas no interrumpían en el invierno la salida diaria al pasto, pero, agotadas y además heladas las praderas en los valles, ahora recorrían los montes comunales durante las horas centrales de los breves días. Los pastores hacían hogueras para asar los pimientos con unto de finales del otoño y después los chorizos y el tocino de la matanza del año. Y a la lumbre bulliciosa se calentaban, comían y se divertían con juegos, historias y canciones. Cuando llegaba la hora del retorno al atardecer, nunca apagaban las hogueras ya en rescoldo, estaba prohibido. Eso era lo primero que aprendían los niños: no debían hacerlo porque ese rescoldo podían necesitarlo para calentarse las ánimas de paso en la noche. Alguna vez se decidían a comprobarlo, espoleados por la curiosidad en pugna con el miedo. Y si nunca llegaban a sorprender a aquellas misteriosas y sin embargo familiares ánimas, eso no minaba una convicción que se mantenía incólume entre las elementales de la vida.
Allá hacia el año 550 San Martín Dumiense escribió el tratadito Sobre la corrección de los rústicos , dirigido a los campesinos gallegos, entre los que deben ser contados los cabreireses. Se trata de un catecismo elemental, pero tiene el gran valor para nosotros de mencionar, de modo que así nos enteramos de cuáles son, las costumbres, acciones y ritos que siguen practicando y él denuncia como incompatibles con la fe cristiana que han abrazado. No menciona esta del fuego de las ánimas, entre tantas otras, como poner velas junto a piedras, fuentes y árboles y también ofrecer pan en las fuentes y pan y vino al fuego del hogar, pero es seguro que también existía. Más curioso resulta saber que esas viejas costumbres u otras parecidas a las denunciadas por el Dumiense se practicaban en otros sitios, y así nos enteramos de que Mónica, la madre de Agustín de Tagaste, según lo cuenta él mismo en sus Confesiones (VI, 2), lo hacía en Milán, adonde lo había acompañado, y era lo mismo que acostumbraba en su pueblo africano: llevar al cementerio tortitas de harina y pan y vino. ¿Estaba lejos aquel pueblo del norte africano? Más aún está la actual Guatemala, donde los indios comen junto a las tumbas de sus difuntos y al acabar les dejan un platito de comida y una botella de agua e incluso de Cocacola. Ninguno ignora ni ignoraba el fin de su ofrenda en manos de pobres vagabundos, incluso de animales no menos pobres ni vagabundos, pero su sentido seguía en pie, como la convicción del cabreirés sobre el socorro a las ánimas ateridas. Todo ello forma parte, como ingredientes maravillosos y plenos de sentido, de un mundo que no ha perdido su encanto.
Y todas esas cuerdas parecen resonar en la melodía de un cuento hebreo. En él, al contrario que en los anteriores, un campesino, a instancias de Moisés, que al estilo del Dumiense lo adoctrina, en este caso sobre Yahvé como puro espíritu, comprueba en efecto que su ofrenda diaria a Yahvé de un cuenco de leche al anochecer es en realidad lengüeteada con fruición por un zorrillo que aparece a medianoche. Y el encanto, aquí sí, terminó roto, pero no se extinguió, porque entonces Yahvé le hace notar a Moisés que la ofrenda del rústico le agradaba sobremanera, pero que, como no la necesitaba, con gusto se la dejaba para el zorrín, que a partir de ahora ya no la tendría, concluyó para el azoramiento de Moisés. Como decía, nunca hubo desencanto en ningún cabreirés, obediente sin fisuras a la tradición y de este modo aquellos rescoldos en el monte servirían más de una vez de hogar fugaz para algún ánima por ahí perdida, vale decir, caminante a deshoras, tal vez algún animalito juguetón en busca de residuos para el hambre atrasada.