Diario de León
Publicado por
Alfredo Marcos Martínez. Catedrático de Filosofía en la Universidad de Valladolid
León

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E s verdad, el pobre Zapatero fue el peor presidente de la democracia, seguido muy de cerca por Rajoy, que está a tiempo aun de lograr el empate. Un aciago día de mayo, allá por el 2010, ZP se nos apareció compungido por el Congreso, con sus hombros y mofletes más caedizos aun que de costumbre. Subió a la tribuna y nos lloró un «no puedo». Quería jauja para el pueblo, pero nos trajo la ruina. En consecuencia, se vio obligado a leernos una retahíla de recortes, empezando por un buen tajo a las pensiones. Tampoco pudo traer la paz al mundo mediante su astuto plan de alianzas. Ni siquiera logró mitigar la corrupción en su propio partido, que todavía hoy sigue ere que ere.

Ante tal confesión de impotencia, la reacción de los españoles consistió en votar a Rajoy. Pusimos en sus manos todo el poder, o casi. Paradójicamente, tanto poder les otorgamos a las huestes de Rajoy como impotencia han mostrado a la hora de ejercerlo. Toda la legislatura ha sido un calvario para los votantes del PP, que han tenido que oír un «no puedo» tras otro. Letanía de Rajoy: no puedo bajar los impuestos, ni mantener entre rejas a etarras y violadores, no puedo plantar cara a los nacionalistas, no puedo derogar la ley de aborto, ni tampoco —¡ay!— puedo acabar con la corrupción en casa.

«No podemos», este parece ser el eslogan conjunto de los dos últimos presidentes que hemos sufrido. ¿Alguien se extraña de que suba en las encuestas un partido que se hace llamar Podemos? Y es que la cosa de la soberanía popular funciona así: cada uno tiene su pequeña porción de poder, y la cede provisionalmente mediante el voto al candidato de su confianza; con la suma de las porciones cedidas, el ganador obtiene el poder suficiente para realizar más o menos su programa. Pero, cada vez que un ZP o un Rajoy entonan el quiero y no puedo, mi pequeña porción de poder se va diluyendo, se va haciendo nada, junto con las de mis conciudadanos. Por eso muchos españoles se plantean ahora negarles el voto.

Es comprensible: ¿quién no aspira a dar una buena patada en el culo al PP y al PSOE? Pero la tarea de toda persona juiciosa en estos días consiste en convencer a los españoles de que no lo hagan votando a Podemos. Votar al comunismo chavista de Podemos sería un error gravísimo e irreversible —gravísimo por irreversible—, una especie de estúpido suicidio colectivo. Hay una diferencia crucial entre Podemos y los partidos constitucionales, pero nada tiene que ver con la corrupción. No está ahí la diferencia. Se podría decir, incluso, que los inquisidores de Podemos reaccionan aun peor que los demás políticos cuando son pillados con las manos en la masa. Todos la emprenden a mamporros verbales contra el mensajero, todos se dicen víctimas de alguna conspiración, si pueden evitan dimitir y se resisten a devolver la pasta como gato panza arriba. Pero es que además, los presuntos de Podemos esquivan cámaras y micrófonos camuflándose entre una falange de leales, en una suerte de maniobra ensayada, al estilo de la tortuga romana, que da entre miedo y vergüenza ajena.

Tampoco mejorarían las cosas en cuanto a la creación y distribución de riqueza y empleo. Al revés, empeorarían. Un partido como Podemos solo puede aspirar a repartir ruina y miseria. Y ya sabemos cómo lo hacen sus aliados allá donde gobiernan. Las élites chavistas de Venezuela, los llamados «boliburgueses», se zafan de la pobreza, pero dejan al pueblo en la cruda indigencia. No, no disminuiría la corrupción ni tendríamos un reparto más justo de riqueza y trabajo.

Pero sí notaríamos una diferencia drástica en el paisaje político y social: perderíamos la democracia y las libertades. En manos del comunismo retro de Podemos veríamos desaparecer nuestra libertad de expresión y de prensa. No existen cosas tales en ningún país comunista del orbe, no se estilan esos lujos por la América de Maduro ni por el Irán de los ayatolas. Las manifestaciones serían reprimidas a la chavista manera, es decir, a tiros. Y el partido único comenzaría la ocupación total de la sociedad, como han hecho los financiadores de Podemos donde en efecto han podido.

Y el caso es que ni siquiera pretenden ocultarlo, nadie podría protestar por el engaño. Ya el nombre —Podemos— exhala ese inconfundible tufo de lo totalitario. Cada vez que uno lo pronuncia o lo escribe se ve gramaticalmente incluido, a la fuerza, en un todo que no elige. Sabemos quiénes son, qué piensan, cuáles son sus planes y quién los financia y asesora. No han sido para condenar el asesinato de estudiantes en las calles de Caracas ni la captura como presos políticos de los líderes de la oposición a Maduro. Sabemos perfectamente qué nos espera de ponernos en sus manos. Si por desgracia llegásemos a aceptar esa suerte de esclavitud y de miseria auto-infligida no podríamos alegar ignorancia. Lo tendríamos bien merecido como pueblo: habríamos cambiado voluntariamente una democracia europea y próspera que dura ya cuatro décadas -llena de defectos, claro, pero democracia al fin- por una pesadilla totalitaria. Otros nos han precedido en esta senda autodestructiva, otros que ahora hacen cola angustiados ante los supermercados. Quizá haya quien vote a Podemos desde la buena voluntad, para castigar la corrupción de los partidos clásicos. Pero quien cede su libertad para castigar la corrupción hace siempre un mal negocio. La razón es implacable, matemática casi: a menos libertad, más corrupción.

Entonces, se me dirá, ¿qué nos queda? Opinar mientras nos dejen. Y en cuanto al voto, nos quedan tres opciones que, si bien no son perfectas, sí son democráticas, traen aires de regeneración y cubren con solvencia la banda sensata del espectro ideológico, de derecha a izquierda: Vox, Ciudadanos y UPyD. Y queda, en último caso, el voto a nariz tapada a los partidos constitucionales clásicos, como el PP y el PSOE. Lo harán mejor o peor, pero al menos nos aseguran todos ellos que al cabo de cuatro años seguiremos formando parte de la UE y del Euro y, sobre todo, que podremos volver a votar en libertad. Si algo no puede –ni quiere- Podemos, es garantizarnos estos mínimos.

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