TRIBUNA
El virus de la violencia

L eo con horror la noticia de tres perros muertos; nada llamativo si su muerte hubiera sido natural o por accidente. Uno pertenecía a la raza carea, los fieles conductores de rebaños que tan buen servicio prestan a los pastores, era adulto y puede que ya no fuera lo suficientemente eficiente; los otros dos eran cachorros y su único mal fue, como dijo el poeta, «haber nacido». Pero es superfluo buscar causas porque no puede haberlas; ni la edad, ni la enfermedad, ni posibles accidentes. No. Fue un canalla —ignoro si en singular o en plural— el que acabó con sus vidas, y lo hizo con regodeo y disfrute. Primero los apaleó brutalmente —gozando, imagino, de sus desvalidas quejas—, luego los ahorcó y, finalmente, porque las aguas se tragaran su infamia, los arrojó al río.
¿Y qué vamos a hacer al respecto? ¿Esperar, como se apunta en la noticia, a que alguien denuncie al autor o autores de la barbarie? Y, aunque así fuera, cosa que dudo, ¿qué haríamos después? ¿Ponerle una multa? Eso estaría bien, habida cuenta de la necesidad recaudatoria que padecemos. ¿Tal vez afear su conducta con unas cuantas palabras hueras y sin convicción? Siento decir esto, ya que lo mío no es dictar leyes, pero ni una cosa ni otra serían suficientes.
Ese... individuo ha atentado contra La Vida y, no sólo eso, ha disfrutado con ello. Desde mi punto de vista, da casi lo mismo que hayan sido perros, árboles o, subiendo en la escala de los que respiramos y compartimos universo, personas. Esa mente lleva dentro la violencia y el sadismo y, si se presenta la ocasión, puede llegar a ejercerlos contra cualquier ser vivo que le moleste; o ni siquiera eso, lo repetirá por el simple hecho de buscar el placer en la destrucción.
Se puede pensar que exagero, y es posible porque estoy enfadada, pero, por si acaso, yo aconsejaría a las personas que puedan conocer a tipos de esta catadura que se alejaran de ellos lo más posible.
Si tenemos en las manos una caja de explosivos, pueden explotar cuando menos lo esperemos. Y, créanme, no es mi intención sacar las cosas de quicio. En el mismo periódico también se encontraba la noticia de cuatro jóvenes en la provincia de Cáceres —podría haber sido en cualquier otra— que jugaron a simular ejecuciones. Desde el año 2008 al presente ha crecido el maltrato a los padres en un 82%. Y estamos hablando de los casos conocidos porque han sido denunciados; es de temer que los reales sean muchos más y los desgraciados progenitores, bien queriendo evitar males a sus hijos, bien por pura vergüenza o simplemente por hartazgo vital, no se molesten en denunciar, limitándose a soportar su sino, hasta que la mente o el cuerpo se les nieguen y se busquen otro lugar donde la paz los funda en el olvido.
No es de extrañar que esto ocurra en un mundo donde no hay tiempo para hablar de valores o normas sociales, donde entretenemos a nuestros niños —que no se por qué nos empeñamos en tener, si nos molesta ocuparnos de ellos— con maquinitas en las que se premia el número de muertos conseguido.
El futuro se forja en el presente. Cierto es que algunos monstruos nacen —y esto requeriría otros tratamientos que tampoco estamos encarando—, pero otros se hacen con educaciones mal dirigidas o simplemente inexistentes.
Mas la esperanza siempre se abre paso, y lo hace, aunque la rodeen montañas de nieve. En Portilla de la Reina, hace unos días, unos vecinos de los que no matan perros indefensos ni simulan ejecuciones, dos jóvenes hermanos que vieron a una hembra de venado caer por la ladera de una montaña, no dudaron en abandonar sus entretenimientos en el bar donde se encontraban y caminaron, con la nieve a la cintura, para llegar hasta el animal y, con la colaboración de otras personas que, como ellos, forman parte de esa humanidad que nos sostiene a todos lo más apartados posible del Infierno, trasladarlo hasta el pueblo para tratar de salvarle la vida.
Sí, también —gracias sean dadas a los dioses— hay personas así. También hay incluso policías —¡qué cosas! ¿No? Con la mala prensa que algunos se empeñan en colgarles—, que nos dan a todos lecciones de superación y bonhomía, como el concursante de un programa televisivo, quien, después de luchar durante meses por aumentar sus conocimientos y ser el mejor de muchos, consiguió su premio, el cual agradeció en primer lugar a sus padres, por haberle enseñado a ser lo que es.
Quizá los jovencitos que simulan ejecuciones o martirizan a sus progenitores con sus desaforados caprichos, los canallas que torturan animales, y una gran parte de la sociedad deberían fijarse en estos otros modelos a imitar, para, si posible fuera, ir día a día mejorando su visión de la existencia, y por ende la de todos, ya que cada acto que realiza el más pequeño de nosotros influye positiva o negativamente en el conjunto del universo del que formamos parte.