LA GAVETA
Fermín Herrero
C onocí a Fermín en Valencia, hace unos años. Fue en la Beneficencia, el enorme edificio cultural de la Diputación. Él había venido desde Valladolid a recoger el premio Valencia de poesía de ese año. El libro se titulaba sencillamente, Tempero . Al terminar el acto, la copa y la charla con amigos y colegas, le propuse a Fermín y a su mujer dar un largo paseo por la zona antigua de la ciudad. La que ciñe la ronda donde estuvo la muralla medieval. Y, más expresamente, las murallas romana y musulmana: los barrios del Carmen, la Seu, la Xerea y el Mercat. Cada uno con sus características y a cada cual más seductor.
Nos adentramos en calles muy estrechas, transitamos plazas vacías y hermosas, con ese algo decadente y popular al tiempo de la Valencia más propia. Con ese toque italiano que nos recuerda que la ciudad es la Italia de Iberia. Con sus siglos góticos y barrocos, con su aura marinera. Con la Lonja y la catedral, con las calles abigarradas donde antaño estuvo el burdel más grande de Europa y que era mucho más que un burdel. Valencia tiene espíritu de Fellini, y sobre todo de Berlanga, el cineasta que es uno de sus hijos más ilustres. Esa mezcla de arte y humor, de erotismo, exceso y melancolía.
Fermín Herrero nació en un pueblo de la sierra de Soria en 1963. Es poeta y profesor de literatura. Es filólogo y crítico. Es hijo moderno de Antonio Machado. Es paseante y observador. Su reino está entre el Duero de Soria y el de las afueras de Valladolid, la ciudad donde trabaja, lee y escribe. Donde vive de un modo libre y laborioso. Ajeno a los bordes mundanos del quehacer literario. Soñando con sus viajes de fin de semana a Soria, a sus campos fríos y llenos de verdad. Cada regreso es una aventura hacia el silencio y el verbo. Hacia el viento y el amor: “Tranquila / por las nubes, la tarde de mi boca / a la tuya. En el filo de la vida”.
Fermín ha publicado muchos libros admirables. El último, La gratitud , ganó el premio Jaime Gil de Biedma y, ahora acaba de ser reconocido con el de la crítica de Castilla y León. La poesía derrotó a la vigorosa ofrenda narrativa de la región más narrativa de España. Y es que la poesía de Fermín lo vale. Su último libro es un peldaño más en su viaje al centro de sí mismo. Es decir, al centro del amor, del tiempo, de la búsqueda.
La poesía de Fermín, hija de sus andanzas por las tierras más puras y despobladas de la despoblada provincia de Soria, es una fuente de trascendencia y de belleza. Su lugar es la sobriedad ardiente. El fruto sincero de la piedra y el cielo, el río y los álamos. La soledad, la nieve y las fuentes.
Es una poesía de la sencillez desnuda y fecunda. Porque la revolución verdadera está dentro de uno, nace de ese secreto.
Fermín cultiva el suyo y enriquece el del prójimo. Con sus palabras de emoción y naturaleza.