MARINERO DE RÍO
Tren burra
E ra aquel un trenín labriego, vinatero y cazador. Lo mismo transportaba paisanas con canastos de huevos que cuadrillas de operarios en buzo azul, que viajantes de provincias. Había perros perdigueros olfateando nerviosos el ambiente, raquíticos seminaristas de fin de semana, alcaldes aflojándose la corbata, reatas de monjas y hasta procuradores en Cortes por el tercio familiar. Las botas de vino saltaban de mano en mano, nadie dudaba en convidar al vecino de asiento con cachos de hogaza y tortilla y todo aquel traquetreante universo de pana y pañolones hervía en cuentos y conversaciones sin necesidad de guasap ni foto en red social. Bajo el cesto, una gallina lo observaba todo con un ojo muy redondo y naranja.
El tren burra cubría la ruta entre Palanquinos y Medina de Rioseco navegando las rastrojeras, los huertos de azada y los campos de remolacha, y cuentan los mayores que a los chavales les daba tiempo suficiente de bajarse en marcha, agarrar unos racimos de cualquier barcillar y volverse a subir, tal era su velocidad. Paisajes que son fundamentalmente los mismos que ahora horada como un enorme y derecho navajazo de hormigón la vía del AVE, sucesor por derecho propio de aquel ferrocarril jubilado en 1969. Es el AVE nuestro nuevo tren burra, aún más lento que aquel, formado por continuas promesas y juramentos pronunciados en vano, una cuelga de despropósitos hilvanada con meses y años de llegadas fallidas, riestra de estaciones muertas: el viernes, la señora ministra se embarcó en un viaje triunfal rodeada de lacayos y maestresalas y, vehemente pero medrosa, no gutó palabra sobre el futuro exacto de este Escorial ferroviario en lo que respecta a su meta leonesa.
De todas maneras, lo que más llama la atención de estos trabajos sin fin es el afán que demuestran por unir ciudades por medio de fugacísimas balas de metal que no se detienen en pueblo ni villa alguna. El transporte más popular ha olvidado sus orígenes de apeadero y parada llana y así cada trecho aparece sembrado de estaciones carcomidas por los años y los vándalos. El paisaje ya es sólo escenario para urbanitas amodorrados.
Vaya, que preferimos el tren burra a la burra del tren. De aquí a Lima.