Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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U n Barça-Madrid exige un ritual gastronómico. El mío es ir a El Serranillo y comprar aceitunas. En cambio, Ancelotti iría al estanco a comprar sus chicles, esos que tritura en el potro de sus maxilares. En estas ocasiones las compro siempre sin hueso, para no atragantarme con un gol de los propios o de los rivales. Obviamente, es mucho peor tragarse goma de mascar. En los clásicos, siempre me acuerdo de nuestro querido Pérez Chencho. Un lector suyo bañezano está haciendo gestiones para que se coloque una placa en la fachada del restaurante donde escribía sus columnas; fue un gran culé, nadie es perfecto. Ah, los partidos. Me pregunto qué masticaron los políticos andaluces durante el seguimiento de la pasada noche electoral, lo lógico es que le diesen a la rica oliva de la tierra. Y también cabe preguntarse qué habrá pensando Sosa Wagner del estruendoso fracaso de UPyD, frente a los nueve golazos de Ciudadanos. Supongo que lo habrá lamentado; no siempre que el tiempo te dé la razón conlleva satisfacción personal. ¿Y qué pasaría por la cabeza del empresario José Ángel Crego, tras haber comunicado que no irá en la lista por León de Ciudadanos? Aquellas palabras suyas sobre que debían ser los trabajadores despedidos quienes indemnizasen a la empresa le han pasado de nuevo factura. Nadie debe cargar toda su vida con el fardo de un comentario desafortunado, y éste suyo no pudo serlo más, pero si me acepta una recomendación: mejor así. La política activa no parece lo suyo. Ésta y la empresa pueden coincidir en algún partido, pero juegan con balón diferente.

En la calle, me encuentro con un apesadumbrado simpatizante de Izquierda Unida, que antes militó en el PSOE, quien me expone su perplejidad por el voto mayoritario a este partido. «¿Qué debe ocurrir para que haya un cambio de voto?», me pregunta. Pero es que Andalucía tiene un color especial. Su propio arcoíris. Son aparte. Si lo sabrá uno, que es de madre andaluza.

Por diversos motivos, el domingo fue noche de retortijones. A mí, finalmente, un amigo culé me invitó a ver el clásico en su casa y con unas pizzas. Así fue más llevadero. Menos mal que el viernes había sido el Día Internacional de la Felicidad. Por supuesto, sin hueso.

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