FRANCAMENTE
Casares
Me incluyo entre los agnósticos del carbón. Me señaló entre los que sólo han pisado una cuenca para entregarse en las fiestas patronales de tal o cual municipio minero o, en el extremo contrario, para cubrir alguno de los siniestros que tanto han marcado a sus gentes. También recuerdo como propias sus luchas en las carreteras, sus asambleas en Bembibre o sus enfrentamientos con las fuerzas del orden en ‘bonitas’ jornadas de mañana y tarde cubriendo sus escaramuzas en no pocos puntos de la geografía comarcal. Confieso que siempre me he considerado ajeno a los ‘privilegios’ que a sus municipios les reconocían los planes del carbón, comparándolos con los números que teníamos que echar los ‘agrícolas’ para salvar las cuentas del mes.
Ayer volví a recordar nombres como Escandal, Valdeguiza, Campomanes o el grupo Santa Cruz, y junto a ellos los de sindicalistas a los que les he perdido la pista y a los que imagino ajenos a la actual realidad de sus ex compañeros. Ayer, para lo bueno y lo malo, volvió a su danza macabra entre la vida y la muerte el pozo Casares. Ayer, una treintena de peones, ataviados con su funda azul, botas de goma y casco blanco de rigor, volvieron a los tajos —he de reconocer que nunca creí que eso fuera a volver a suceder—. Me gustaría ponerme en su piel, pero no puedo. No logro imaginarme la sensación de oscuridad, agobio, humedad y vulnerabilidad que se debe sentir allí abajo.
Lo que sí me imagino es la angustia que ha debido volver a instalarse en una treintena de hogares bercianos. Esos nervios en el estómago al conocer la realidad de la mina. Una sensación que probablemente nunca llegaron a borrar del todo los años de sucesivos eres que han mantenido alejados de las galerías del pozo Casares a sus mineros.
Supongo que al final es cierto eso de que ‘más cornás da el hambre’, y que ésta, unida a las facturas que hay que pagar a fin de mes, han dirigido a muchos a esa bocamina de futuro incierto.
Ahora los comparo con quienes han hecho trampa para lograr los privilegios reservados a quienes se juegan la vida entre cepillos, chimeneas y costeros. Como si ya su situación de privilegiados en la empresa no les diera suficientes ventajas frente a los que sí han tendido que arriesgar su salud o su vida para arrancar carbón. Los comparo y se me revuelve el estómago.