Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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En esta primavera agitada por las urnas vamos contraponiendo la pujanza agroalimentaria de corazón amarillo, que acaba de inaugurar en Aguilar la mayor fábrica europea de galletas, y el horizonte funerario de la minería, cuyos testimonios de ruina van engullendo los museos. Cristina Fanjul nos mostraba el domingo los rostros de los últimos mineros leoneses, captados por el francés Pierre Gonnnord, que estuvieron en el Museo de la Minería y la Siderurgia de Sabero y también asomaron el estupor de su abatimiento a las páginas del New York Times. Parece el destino inevitable de una actividad que nos hizo prósperos durante siglo y medio. El museo de Sabero es más siderúrgico que minero, porque la crisis truncó el desarrollo completo del proyecto. Aunque estos días expone la instalación de Eduardo Valderrey, que hace inventario de los descartes mineros del valle.

En cualquier caso, los leoneses tenemos Las Médulas, que es el gran museo de la minería del oro. Otros museos mineros se reparten por el resto de la península, de Riotinto a La Unión, de El Entrego asturiano al turolense Escucha, de Barruelo al burgalés Belorado. La claustrofobia no me estimula este tipo de visitas, pero todavía recuerdo con fascinación mi descubrimiento del único canal acuático para el transporte de carbón de la minería española, que se conserva en Vallejo de Orbó, en la cuenca de Barruelo, donde pasó una temporada de niño el escritor Antonio Gamoneda. Al pie de la braña de los osos, Pablo Iglesias y el marqués de Comillas se disputaron la adhesión de los mineros. Cada cual en su núcleo. Luego vino la guerra con sus secuelas y la especialización de Barruelo en ovoides para los trenes a vapor. Los primeros empresarios de la minería de Sabero habían abandonado la cuenca en beneficio de Barruelo, porque contaba con enlace a la tercera vía férrea peninsular. Así que los altos hornos fueron una alternativa al difícil comercio del carbón de Sabero, siempre con problemas de distribución. Hasta 1894, había que llevarlo a pezuña a la estación de Sahagún.

Pero los palentinos de la montaña tuvieron una iniciativa complementaria a la épica del carbón. Algo tan sencillo como manufacturar la producción cereal de los llanos, poniendo en marcha una industria galletera que después de superar la crisis de los noventa marcha ahora como un tiro. Si las comarcas de Guardo o de la Braña fueron mineras ya en el diecinueve, la de Campoo se hizo galletera. Precisamente esta semana inauguró Herrera la nueva planta de Gullón, antes de recibir a los sindicatos mineros leoneses. Fueron dos actos con una cara bien distinta. De celebración de la prosperidad, el alimentario, mientras con la minería no caben paños calientes ni en campaña electoral.

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