Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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La comarca de Ancares eleva sus picos y esconde sus pueblos entre Galicia y El Bierzo, ocupando más de 530 kilómetros cuadrados en León, distribuidos por los municipios de Villafranca del Bierzo, Vega de Espinareda, Candín y Peranzanes. Este espacio fronterizo se articula en valles tradicionalmente incomunicados entre sí, cada uno con sus rasgos, con sus accesos y con su nombre tradicional. El valle de Ancares está situado entre los de Fornela y Burbia y se llega a él desde Vega de Espinareda, ascendiendo el Alto de la Cruz o puerto de Lumeras. Para enredar un poco más y torcer las cosas a capricho, el Instituto Geográfico Nacional viene editando un mapa de la Sierra de Ancares que deja fuera el valle del río que da nombre al territorio e incluye parte del Courel lucense. Un desbarajuste cartográfico apañado al gusto de los caprichos periféricos.

Varias asociaciones de la zona han estrenado esta primavera reclamando conjuntamente unos arreglos que deberían producir bochorno en el palacio de los Guzmanes. Y hacen bien en meter ruido ahora, antes de que los nuevos diputados caigan en la tentación de sus enredos habituales. Sucede que el valle del Burbia carece de enlace asfaltado entre su cabecera y Aira da Pedra. A Burbia se llega malamente desde Vega de Espinareda y a Aira da Pedra se sube a duras penas desde Villafranca. Son lugares situados en uno de los espacios más hermosos de la provincia. Aira da Pedra tiene tres airas o eras de piedra, en las que se majaba el centeno, preparando los cuelmos de paja para techar las pallozas. Sus habitantes dedicaban los inviernos a fabricar cestos con los que se recogía la uva del Bierzo. La braña de los veranos se llama Campo del Agua y hasta ella sube un camino que arropan buenos ejemplares de roble y castaños centenarios.

Las primeras pallozas pertenecen al barrio de El Regueiral. Justo encima, asoman los hórreos y pallozas de la Valiña, otro núcleo de Campo del Agua que cuesta descubrir entre la fronda de abedules y cerezos. Apenas falta medio kilómetro para llegar a la braña. Una actuación pionera de la Junta, en el verano de 1984, rescató del abandono esta reliquia de la arquitectura tradicional. Pero un lustro más tarde el fuego arrasó el conjunto, que nadie ha reparado a pesar de las promesas urgidas por el incendio. Su aspecto actual es bueno, aunque sin parangón con la armonía devastada. Algunas construcciones se han rematado con tejados de pizarra y otras muestran rotos en su cubierta vegetal. El recinto circular de la braña aparece recorrido por abundantes regueros. Al fondo, el Vedual todavía guarda restos de nieve. Junto a la ruina de la antigua iglesia, que desafía con un arco la intemperie, el río se descuelga por un corredor angosto.

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