Diario de León
Publicado por
DIEGO CARCEDO
León

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L a evolución de los dos nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, que han irrumpido con fuerza en la vida política, recuerda el excelente libro, Auge y caída de las grandes potencias , en el que Paul Kennedy recuerda cómo surgieron, crecieron y acabaron derrumbándose todos los imperios que a lo largo de la Historia han existido en el mundo. La ambición expansionista, las disputas familiares y el engreimiento de sus gobernantes fueron sistemáticamente las causas del derrumbamiento que en los tiempos de esplendor parecía imposible.

Podemos y Ciudadanos arrancaron su andadura política con excelentes perspectivas —que quiero apresurarme a matizar que en menor medida aún conservan—, contaban para ello con el deseo de cambios de una sociedad aburrida de la incapacidad de los partidos tradicionales para resolver sus problemas, y crecieron de manera precipitada hasta el extremo de que se creyeron el respaldo que con tanta rapidez habían alcanzado. Quizás no supieron moderar sus prisas, tomarse tiempo para adquirir experiencia, reflexionar mejor sobre sus estrategias, y mostrarse menos prepotentes.

Les favoreció también, qué duda cabe, la concentración de convocatorias electorales en solo un año —un disparate atribuible al calendario y a maniobras evitables si desde la política se pensara más en la sociedad que en sus organizaciones— y creo, como les ocurre a otros, que no tuvieron paciencia para consolidarse, para moderar su crecimiento asentándolo do sobre bases firmes y para reconocer que aquí y en el resto de los países democráticos la experiencia en el poder cuenta mucho y cometer errores propios de la improvisación puede ser grave.

Le pasó primero a Podemos, que tras los momentos de euforia incontenida empezaron a enterarse de lo que vale un peine en la batalla política en cuanto surgieron historias pasadas, esqueletos en los armarios, diferencias habituales entre los líderes más radicales, y las primeras ambiciones por asumir o compartir el éxito. Ciudadanos traía la imagen de una buena experiencia en Cataluña, donde se había ensayado como un partido serio y dialogante, pero al irrumpir, también con éxito, en el ámbito nacional, comenzó a derrapar con iniciativas y declaraciones.

El Partido de Albert Rivera, hasta ahora cauto y consciente de su realidad, empezó a extenderse de forma precipitada, a incorporar a nuevos miembros entre los cuales no faltan los oportunistas y los aventureros de la política, y el propio Rivera a proliferarse más de lo que permite un control de los temas, y ya se le han escapado varias propuestas que perjudeican. La última, por ahora, plantearle por anticipado y sin mucho sentido al PP que implante primarias para elegir sus cargos si luego quiere negociar con ellos. Nunca se había visto, al menos que yo recuerde, que guste o no guste a sus adversarios, un partido le quiera imponer a otro como organizarse.

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