AL TRASLUZ
Peckinpah en Cabrera
S onó el móvil y di por sentado: alguien para comentar los resultados de las elecciones. Resultó ser el único amigo con el que la probabilidad de hablar de política es más que remota: el padre Manuel Garrido. Quedamos para tomar café. Y, en efecto, nuestra conversación giró sobre un artículo que prepara para este periódico, pero sobre todo sobre la vida, que no es lo mundano.
Vino a León desde Cabrera a por «botellón», así llaman en su querida comarca al frasco de las medicinas. Charlamos acerca de lo que desaparece y de lo que persiste. Me contó: «Le digo a los niñas señalando a las ancianas... miradlas, esas sois vosotras. Y se ríen sorprendidas. Esas sois dentro de ochenta años, les aclaro. Y a estas, lo mismo. Esas niñas sois vosotras hace ocho décadas». Asentí. El mundo rural revela a quien lo ama con sencillez secretos que la ciudad ha olvidado o sepultado entre las prisas. Le dije: «Manuel, algunos no sentimos como esos cowboys de los westerns crepusculares». Entonces, hizo una acertada referencia cinéfila: «...sí, como en la maravillosa La Balada de Cable Hogue» . Lo último que me esperaba en una mañana postelectoral es escuchar a un sacerdote citándome una película de Sam Peckinpah. Pero la trascendencia nos revela de muchas formas su sentido de la ironía. Y por ello, se lo estoy contando ahora a ustedes, en esta columna que no quise que fuese de política, en un día en la que todo parecía conducirme a escribir de ello.
Garrido me obsequió sus libros: Hasta el límite de la luz , dedicado a Concha Casado, y Vuelos de mariposa , de reflexiones personales. En el prólogo de este segundo leo: «... no son otra cosa que pequeñas páginas de un diario disfrazado... viejas imágenes al fondo de la memoria... el mundo perdido al que vuelvo en los avatares de la melancolía para pedir humildemente perdón por los sueños...». Pat Garret y Billy el niño, tal como los concibió Peckinpah, habrían hecho suyas estas bellas palabras.
Ya en casa, advertí que quizá sí habíamos estado hablando de política, sin mención alguna a partidos o a resultados. Porque ¿acaso la política, la digna de tal nombre, esa que nunca debemos confundir con lo mundano, no tiene a la vida como su gran protagonista?