Diario de León
Publicado por
MIGUEL PAZ CABANAS
León

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S acar adelante un proyecto de la naturaleza que sea —política, cultural, empresarial— es algo que exige tiempo, tesón y esfuerzo, mientras que dejarlo languidecer o, literalmente, mandarlo a hacer puñetas, suele ser un propósito tremendamente fácil. Esta provincia nuestra ha hecho gala de sus tendencias suicidas durante decenios y adolece de una inclinación histórica por echar por la borda sus mejores señas de identidad.

Tomemos como ejemplo el Premio Leteo. Nuestros próceres han expresado recientemente su apoyo a la cultura en general, conscientes —acertadamente, por cierto— de que puede ser un recurso de primer orden en el desarrollo del municipio, como lo demuestra la vibrante vida cultural de León y, especialmente, la extraordinaria nómina de escritores, poetas, ilustradores, escultores o fotógrafos que lo pueblan: algo que no tiene parangón, ni remotamente, en territorios de tamaño similar al nuestro. Pues bien, como quiera que el Premio Leteo es una de las iniciativas de mayor calado dentro de ese contexto cultural citado y que, además, goza de una repercusión internacional incomparable, las instituciones han decidido dejarlo morir: así, con dos huevos; sin miramientos ni remilgos, desdeñando incluso las apelaciones que han partido de, entre otros, un Premio Cervantes y un Premio Príncipe de Asturias. A lo mejor, si hubiesen salido de algún empresario de postín o de un presentador de televisión, hubiesen surtido más efecto.

Cualquiera que haya viajado fuera de León y haya tenido la oportunidad de hablar sobre el Premio Leteo —explicando sus humildes orígenes y la plantilla de poetas y escritores de nivel mundial que han recalado gracias a él en nuestra ciudad—, puede dar fe de la incredulidad y envidia que suscitan sus palabras, entre personas que, por otra parte, apenas asocian a León a inviernos severos y, en el mejor de los casos, el nutriente perfume del botillo. ¿En León, dice usted? ¿Paul Auster, Amelie Nothomb, Juan Gelman, Martin Amis? Me está tomando el pelo. Y sí, cuando uno lo piensa detenidamente también le cuesta asumirlo, porque esos logros son más propios de ciudades cosmopolitas, de cancillerías de la literatura universal, como Dublín o Praga, con las que, no obstante, y desde un punto de vista estrictamente cultural, podríamos competir sin rubor alguno.

¿Saben cómo se llama a esta falta de visión estratégica, de ignorancia y de displicencia provinciana? Caspa. Abunda en este país, tanto como los charlatanes de feria. Pero no se preocupen: seguro que en Córdoba o en Valladolid no ponen mala cara a lo que, en lugar de mimar, despreciamos olímpicamente. Pues nada, que muera la imaginación, como exclamaba hace mucho un fascista tuerto.

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