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PEDRO TRAPIELLO
León

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T rajeron las urnas una cantinela y una orden: «Nadie baila solo». Toca rogar pareja para salir a la pista. Y toca pactar también el pasodoble, el foxtrot o la pachanga.

Comienza el baile, Venancio.

El baile es el tentadero; ahí se prueba al choto o chota, se les tienta; después vendrá la corrida, que promete, hay mucho torero nuevo e impaciente en esta plaza, además de morlacos arbolados de pitones o bizcos resabiaos buscando ingles. Habrá cogidas.

Pero hasta mediado junio, en el baile de la silla estamos. Todos los días, baile. Y sólo bailan ellos, los partidos.

Silencio... suena a lo lejos una orquestina vieja y zumbona. Se negocia.

De nada de ello se enterará el votante hasta verles juntos en la cama... y claro que verá a podemistas y ciudadanistas cohabitando, a independentistas con centralistas, a socialistas con quien sea o a liberalistas con ecologistas... muchos «istas» perderán aquí la vergüenza... y los nuevos, la virginidad.

Sabíamos que la política hace extraños compañeros de cama, pero en esta ocasión se necesitarán camas grandes y redondas para que «cojan» (quepan) todos los socios que exigirán algunos pactos... o contubernios... hala, a lo loco, tres eran poco... y como en el chiste de la orgía, al final alguien grita: ¡organización, organización!...

¿Bailamos?...

No.

¿Y eso?

Eso es mi voto-llave y tampoco baila, aunque si le das una vicealcaldía, te danza hasta una jota segoviana o «A la luz del cigarro voy y me orino».

A estos bailes los llama el biólogo fase de cortejo . Esta vez hay que emparejarse. Se acabó la autosuficiencia y el onanismo del poder con mayorías. Se buscan parejas... o parejos. Y habrá escenas muy románticas entre siglas... ¡se quieren!... mozá, ¿quiés q’andemos?... hablemos, parlem, hitz egin, falemos, venga esas cinco, vingui aqueste cinc, etorriko bos horiek, veñen os cinco... cinc mil, sis mil, set mil...

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Sócrates esbozará un leve optimismo si con estos obligados bailes empieza a sentirse y a trabarse una necesaria España transversal y no la vertical o rastrera de la que no salimos.