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rafael torres
León

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P ablo Iglesias le exige a Pedro Sánchez «un giro», pero mejor haría pidiéndoselo a Alberto Contador. Chascarrillos aparte, cómo se nota la menesterosidad de nuestra política en un momento en que la más elevada expresión de ella, la capacidad para el diálogo, la negociación y el acuerdo, se antoja indispensable, dada la diversificación del voto y lo mucho que se necesitan los partidos, unos a otros. ¿Cómo puede uno pedirle a su interlocutor, a aquél con el que se pretende establecer un vínculo, un pacto, que deje de ser quien es? La bravuconería de Iglesias puede funcionar en un mítin ante afectos y correligionarios, pero no ahora, cuando lo que procede es la elegancia, la cortesía y la mano izquierda. Y ésta, incluso, en guante de seda.

Esa menesterosidad política, ese desconocimiento de los fundamentos y los usos políticos, heredado sin duda del desierto que nos precede, tiene, sin embargo, expresiones peores: esas Aguirre, Barcina o Palacios que, por no saber digerir los resultados electorales, denigran a los vencedores y encienden los peores instintos de los ignorantes contra ellos. Aun siendo muchas las coces que diariamente recibe, impertérrita, la democracia, lo de éstas señoras no cabe en ella, y de ahí esos resultados electorales que las expulsa, como el organismo a un cuerpo extraño, del puente de mando y aun de la nave. Rojos, bolcheviques, yihadistas... Todo parece valer, aunque no vale, en la escena política, que se convertiría, si todo valiera, en tiro al pichón o en lucha sobre el barro.

En España nadie escucha a nadie, pero de quienes se presentan como políticos cabría esperar un poco de pedagogía, mediante el ejemplo, al respecto. Es cierto que nos viene de nuevas eso de escuchar, y que de aquí a las generales hay tiempo para irnos entrenando, pero no lo es menos que sin ese giro empático, que no es exactamente el que Pablo le exige a Pedro, no vamos a ninguna parte.

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