CORNADA DE LOBO
¿Arde Madrid?
Tambores de cuartel en los papeles, cornetín tocando a generala en las tertulias airadas, temores y pesadillas ante lo que se avecina... así no hay quien duerma... si además agobia la caló, alguno se disparata... pongamos que hablo de Madrid .
¡Madrid no es comunista!, ¡fuera los hijos de puta!, grita un abuelo cebolleta a la prensa y cámaras que retratan su algarabía anti-Carmena en la Castellana o Ferraz... el Alcázar no se rinde.
Esa ciudad pone de los nervios. A mí, sí. Y a sus vecinos, el doble.
Viviiiir aquí es moriiiir de olor ... canta un camilosesto en la boca de un metro que lanza a la calle acres vaharadas de grasa, sótano y humanidad... es la propina a un aire que ya flota infectado de gases de coches y calefacciones... esa ciudad huele... y solamente cuando se le manda del norte un ventarrón peinando el Guadarrama y entrando por Moncloa, Madrid respira.
¿Arde Madrid?...
¿Arde París?, preguntó Hitler al comandante de sus fuerzas de ocupación cuando tuvieron que abandonar la ciudad humillados ante el avance de De Gaulle y la división Leclerc en la que iban tantos españoles... ¿arde París?... esa era la orden... ¡detrás de mí, el infierno!... lo de Nerón pareciole poco.
¿Arde Madrid?... ¿hará alguien esa pregunta cuando el ejército popular abandone esos cuarteles municipales?... ¿arde al menos un convento?, se pregunta esa concejala del PP que se metió a profeta de monjas violadas.
Pues sí, arderá Madrid como cada verano y el madrileño en camiseta o encorbatado apagará sus incendios a base de cañas de cerveza (adiós, botijo), terracita y a la fresca de la noche como cuando se rondaba con tuna, estirando la bullanga hasta el amanecer.
El abuelo cebolleta, mientras tanto, no duerme porque el imsomnio, la calle bulliciosa y la caló no le dejan. Tampoco le ayudó mucho la tertulia de esa noche en la emisora-trinchera de la que no sale nunca por pillar nueva munición y pesadillas (siempre las mismas)... y a cascarrabiar todo el día.
Para las mentes cautivas (y desarmadas) Madrid es un fragor continuo de temores y asaltos. Lógico, pues, lo que les pasa a los cebolletas.