EL BAILE DEL AHORCADO
Censura
H e tardado en escribir sobre Leteo porque creo que estoy demasiado implicada. Y lo estoy porque es uno de los proyectos más bellos de León, porque he visto cómo sus gestores lo alumbraron, cómo trabajaron para que no se perdiera, cómo pusieron fondos de su bolsillo, simplemente por amor a la literatura, aunque los haya que piensen que el mundo sólo se mueve por dinero, que la vulgaridad y la banalidad siempre ganan, ellos y, sobre todo, Rafael Saravia se empeñaron en demostrar que no, que el arte, a veces, lo puede todo contra la fuerza de las cosas.
¿Qué es la literatura? En este mundo de factorías en el que se fabrica en serie, en el que todo se consume y se desecha como si fuera basura es muy complicado saber hacia dónde mirar, dónde hacer la elección, decidir qué es arte y qué pura mierda encuadernada para generar ingresos rápidos y deformar la mente del lector. No voy a poner ejemplos, pero el mercado, tan benéfico en muchas cosas, ha generado una sociedad que arrincona la verdadera cultura en aras de la molicie. La educación falla, los estándares para ir superando obstáculos son cada vez menores, lo fácil y lo digerible se han convertido en la manera de creer que la sociedad se ha hecho más igualitaria y, de esta manera, el talento, el genio, la obra maestra ha sido convertida en una rara avis, cuando no camuflada tras la etiqueta de ‘coñazo’ que la mayoría convierte en objeto de burla o en excepción.
¿Qué es literatura? Leteo ha tratado de mostrárnoslo cada año, acercando a León a los genios de los que se hablará dentro de cien años. Pero un grupo de prescindibles deciden que no, que no es suficiente, que es mejor que se solape, no vaya a ser que a la gente le dé por pensar y esto cambie de verdad.
Literatura es recrear la realidad para lograr que, tras atravesar la marea de todas esas palabras, nos sintamos como si un tsunami nos hubiera tragado. Nadie puede salir indemne después de haber leído Las uvas de la ira, tan contemporáneo que las caravanas de desahuciados siguen pasando a través de nuestra retina, o tras sumergirse en la rutina de la nada de Carver, o después de respirar la tierra inapelable de Los días felices. Tal vez me equivoque, pero soy de las que piensa que nada se produce por azar. Siempre hay una razón para todo. También para poner y quitar subvenciones. Hay países que censuran o queman libros. Aquí somos más efectivos y sepultamos las obras maestras bajo la irrelevancia. Así, desaparecen.