MARINERO DE RÍO
Sócrates en Casa Benito
A lfredo el de Casa Benito, que es una especie de tabernero-filósofo, de paciente recopilador de las historias que durante décadas oyó tras su barra centenaria, altar de la liturgia leonesa del vermú y la quiniela, lo expresó bien hace dos viernes, filandoneando entre vino, tortilla y compadres. En esos cuartos interiores como pensión de novela siempre tiene uno la impresión de haberse convertido en un personaje más de Las estaciones provinciales , de Mateo, y entre sorbo y sorbo entran ganas de salir disparado a investigar el incendio de un matadero ilegal de burros. Fue allí donde Alfredo contó el caso de un parroquiano que jugó a la lotería durante toda su vida y sin fallar una semana, empeño casi sobrehumano que practicó aun mayorísimo, cuando se arrastraba hasta el Benito con el boleto en la mano, Sísifo de los sorteos. Y el día en que el cantinero le preguntó la causa por la que continuaba con ese afán, viejo ya y sin descendencia, éste respondió, armado de una razón tan antigua como el sapiens: «Para ver lo que se siente».
Breve, exacta y completa réplica que explica muchas de las cosas que hacemos los humanos. Para ver lo que se siente. Para notar, por poner un ejemplo, qué demonios nota uno en el cuerpo cuando sus gobernantes le consultan las cosas decisivas, cuando la democracia se ejerce libre y soberanamente. Sin chantajes y sin el espectáculo deplorable de gran parte de la clase política de todo un continente echando pestes sobre el hecho de que una nación —y qué paradoja, allí donde hace 2.500 años nació la democracia— se exprese en referéndum (ya lo dijo la ministra Tejerina, «ojo, que las urnas son peligrosas»).
Sorprende también el cañoneo noticioso relacionado con el asunto griego, ese constante machacar que hace pensar en los diseños de las agendas informativas, qué interesa a los que mandan y qué no. Y recuerda uno la murga que se dio con Irak y las falsas armas destructoras, contraste ante el silencio estremecedor que vela hoy los crímenes del EI en tierras sin petróleo, el holocausto de nuestros días.
¿Y para qué, pues, ser libre? «Para ver lo que se siente». Al menos para eso.