Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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V aya, puede que nos encontremos ante un final feliz. El juez considera que el concejal Guillermo Zapata no ha humillado a las víctimas del terrorismo con sus chistes macabros sobre Irene Villa. Suponemos que habrá tenido especial peso tanto que este edil del Ayuntamiento de Madrid ha pedido disculpas públicas, sin rodeos ni justificaciones, como que la propia Villa admitiese no sentirse humillada. Zapata ha declarado sentirse agradecido por la lección de «dignidad» que ella le ha dado. Considero deleznables sus tuits, pero me parecen sinceras sus disculpas. Si esta víctima, tan conocida y querida por la sociedad española, llega a admitir una sola brizna de dolor este edil ya no habría podido desempeñar en público y con normalidad ninguna labor. Sin pretenderlo, ella le ha impartido una clase magistral de dignidad; pero también de generosidad, virtud vinculada al perdón, pues éste actúa como una energía dinamizadora que posibilita la resolución de los problemas que parecían irresolubles. Villa fue coherente con lo que viene manteniendo desde hace años: «si quiere ser feliz toda la vida, perdona». Así lo recomendó en una entrevista. El fiscal ha recurrido que se archive este caso, por entender que no sólo ella es la ofendida. Pero esto ya pertenece al territorio de los tribunales.

El perdón es una energía poco utilizada en política. Siempre he admirado que José Luis Díaz Villarig fuese capaz de superar aquel bochornoso 1987, cuando tras ser elegido alcalde de León se le hizo objeto, desde el primer día, de una persecución sin precedentes. Años después, con motivo de publicar unas viejas columnas, le pregunté si no le entristecía que le recordara aquello y me contestó: «no, tranquilo, hace mucho que lo he perdonado».

Zapata ha recibido una lección de dignidad y otra —mayor—de bondad. Dos por una. Ahora, como le ocurrió al soldado Ryan, en la película de Spielberg, en su mano está ser digno -siempre- de lo que Villa ha hecho por él. Y si es así, si esta doble lección no resulta olvidada, significará que el error de contar unos chistes deleznables sirvió para hacer mejor persona a alguien. ¿No es misteriosa la vida? Y estaríamos ante ese final feliz al que me referí al principio.

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