Diario de León
Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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El mundo se alimenta también de modas. La geografía del glamour mediático ha multiplicado las colas de la repetición, y, por tanto, de cierto sentido gregario que se ha convertido en otra fórmula más de vida. Si alguien escribiese algún día un itinerario espiritual por estos espacios, encontraría, además de múltiples sorpresas y anécdotas, una razón más para argumentar sobre las actitudes colectivas cuya razón de ser no alcanza más allá del «donde va la gente». Rima con Vicente. Muchos nombres se asocian a rimas, o viceversa, algunas de cierto pudor y algún que otro sonrojo. Somos maestros.

Viene hoy la historia a cuento del desmonte de los candados del amor que pendían sobre los puentes de río Sena en París iniciado el mes pasado. Sobre todo el Pont des Arts y el Pont de l’Archevêche. Cuentan que en la Capital de la Luz y del Amor un millón de candados y cuarenta toneladas de peso, siendo muy cautos y benevolentes, amenazaban seriamente con el hundimiento de algunos de estos emblemas sobre el río, infectado, además, por cientos de miles de llaves que guardan los secretos del amor secreto e inoxidable. Como si «amor que no se guarda en el Sena, no merece la pena». Para que después digan que el amor no pesa. Algunos de los obsesos del yo y del gregarismo más recalcitrante argumentan que «deberían reforzar sus puentes para que puedan soportar nuestro amor». Olé. «Olé, olé, olé y olé…» (cántese por sevillanas con acompañamiento coral de los millones de ciudadanos del mundo que han dejado su promesa eterna cerrada con llave). Aunque la idea tiene su réplica en la bahía de San Francisco y la Ciudad Prohibida de Pekín, que uno sepa, ninguna ciudad como la capital francesa ha sufrido tanto con la dulzura de los enamoramientos y sus miradas entornadas a la hora del crepúsculo. O vaya usted a saber cuándo.

Al argumento de reforzar los puentes por mantener razón tan peregrina han contestado lo contrario con razones técnicas y propuestas alternativas, aunque no tan llamativas y mediáticas. Por no decir —cuestión de refinamiento francés— que cada palo aguante su vela. Y su amor. Y su desamor, que ojalá nunca llegue. Imagínense que sucede así y uno de los dos, para abrir el candado, pregunta: «¿Dónde están las llaves?, matarile, rile, rile…» para contestar el otro: «En el fondo del mar, matarile, rile, rile…» (cámbiese río por mar y cántese con voz única y alterna, con acompañamiento de acordeón). Y es que al fondo de los ríos van a parar muchos de nuestros desechos, suciedades y sobrantes. Como en Gante, donde medio metro de lecho de algunos canales está ocupado por miles y miles de bicicletas arrojadas por los estudiantes al finalizar los estudios. Y no digamos nada de las perlas que adornan los ríos de León, tierra de ríos. Y eso que nuestras vidas son los ríos… Pero esa ya es otra historia. Y no de amores inoxidables. De óxidos y olvidos.

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