Diario de León
Fernando Jáuregui

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H ace ahora un año, muy pocos de los periodistas que acudimos al congreso extraordinario del PSOE conocíamos a Pedro Sánchez, o lo conocíamos muy superficialmente. Este no es un canto a Pedro Sánchez, que ha cometido, y sigue cometiendo, errores de bulto, como el de imponerse una auto prohibición de pactar nunca jamás con el Partido Popular. Pero hay que reconocer al aún flamante secretario general del PSOE que más no se puede hacer en menos tiempo. Hasta ha ganado —no él, pero sí su candidata— las elecciones primarias en la siempre inestable organización madrileña socialista. Y en la calle casi todos reconocen que sí, que Pedro Sánchez bien podría llegar a ser el próximo primer ministro si Mariano Rajoy, que será su principal rival en las elecciones de ¿diciembre? no logra remontar el vuelo y convencer a los ciudadanos de que el cambio lo hará él, y no de que el cambio es él, como va diciendo por ahí.

No, Pedro Sánchez no es otro Zapatero. Mis obligaciones profesionales me llevaron a tratar con ambos, y de ZP podría contar cosas chuscas que, desde luego, jamás se le podrían ocurrir a Sánchez, cuya formación es mucho mejor que la del leonés. Lo que ocurre es que Sánchez llegó con la impronta de la mudanza urgente, que ya se sabe que las prisas no siempre son aconsejables: desdeñó a los que tuvieran más edad que él —ahora, véase el ejemplo de Jordi Sevilla, recula un poco—; se hizo enemigo de míster Europa ; comparó al PP con Bildu; desdeñó debatir una reforma de la normativa electoral; no concretó su propuesta de reforma constitucional ni nos detalló cómo piensa hacer de España una Monarquía federal... Ni tampoco nos ha dado soluciones para el conflicto que en Cataluña ha planteado el president de la Generalitat, más allá de decir que este conflicto es serio: ya que no lo hace Rajoy, Sánchez tiene que intentar entrevistarse con Mas, hacerle alguna propuesta de futuro para el caso de que el socialista llegue a ocupar La Moncloa. No basta con abrazar in situ a los pocos entusiastas que aún quedan en el PSC. Pero, al menos, Sánchez se mueve. Ofrece una sensación nueva, sonriente, mucho más cercana, menos despectiva hacia los demás, que la de su aliado Pablo Iglesias, al que acabará, ya lo verán, fagocitando, suponiendo que el líder de Podemos no se fagocite a sí mismo. Tiene que buscar nuevos aliados para el futuro: Ciudadanos, el propio PP, en algo que podría asemejarse a una gran coalición, o a una mediana coalición, si es que le asustan las soluciones verdaderamente pragmáticas... Pero es eso lo que tenemos aún que ver en el que es ya jefe de la oposición: su sentido de la realidad más allá de las proclamas para encandilar a los suyos, que pienso que ya están encandilados. Cada vez le queda menos tiempo para convencer a quienes pueden ser sus electores de que estamos ante un estadista en potencia al que, desde luego, no se puede comparar con Zapatero.

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