AL TRASLUZ
Muchos raros
Ah, el lenguaje. Si no llega a ser inventado, las patatas no se llamarían Blas, ni Jennifer se apellidaría López. Gran invento, pero tampoco hay que obsesionarse. En Asturias, los dos concejales de Somos Corvera (que representa a Podemos) han anunciado que en sus intervenciones públicas y comunicados oficiales utilizarán más el femenino que el masculino, para llamar la atención sobre la discriminación a la mujer en el lenguaje.
Tras comprobar que la medida era acogida con guasa, han recurrido al donde dije digo, digo Diega. Hablarán dándole mayor presencia a las aes pero sin renunciar del todo a las oes. Menos mal, porque cada frase iba a salirle a esfuerzo de soneto. «Haremos una discriminación positiva, pero no es una batalla contra la Real Academia», han explicado. Pero la respuesta del académico Pérez Reverte ha sido furibunda: «Pensé que en España no cabía un tonto más, pero resulta que sí, caben». Y pueden darse por contentos, Cela además les habría mandado a algún sitio de esos que no vienen en los mapas. Los dos concejales, aunque bienintencionados en su ocurrencia, parten de un grave error: confundir género con sexo. De Primaria.
El sentido común en política no es de derechas ni de izquierdas, conservador o progresista; simplemente, se tiene o no. Gobierne quien gobierne, unos temas habrá que gestionarlos con moderación y en otros con revolución, pero siempre —para que sea sentido común— de acuerdo a lo razonable, prudente y necesario. Tiene uno la sensación de que ahora hay en este país gente muy rara, que tienen ideas rarísimas, no por novedosas sino por anacrónicas. Mucho más inteligente me parece la idea de nuestro paisano, el alcalde Francisco Simón, quien en los carteles de las carreteras acaba de incluir el nombre en cabreirés de sus localidades: Truchas (Trueitas) Quintanilla del Yuso (Quintaniella), Baillo (Valleyu)... Qué bien suenan.
España tiene que apostar por el sentido común, que es uno de nuestros patrimonios colectivos, tesoro heredado. Por supuesto que el lenguaje debe evitar el sexismo, pero no matemos oraciones a cañonazos, ni nos enzarcemos en problemas inexistentes, pues restan tiempo para los reales. Soy columnista, no columnisto. Sí, ¿y qué?