Diario de León

Publicado por
Venancio Iglesias Martín Catedrático de Literatura
León

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A plaudir es una forma elemental de acuerdo. Por más que lo practiquemos siempre será un signo enigmático cuya ambigüedad no permitirá interpretación segura. Sin embargo podemos describir algunos más característicos. Aplaude la madre al niño cuando este realiza alguna nonada que ella le pide. Aprende el niño entonces a golpearse las manos alegremente porque acertó. Aplaudimos para manifestar nuestra coincidencia de pensamiento o acción con alguien y entendemos lo que había de modélico en nuestro pensar o conducta. Aplaudimos para subrayar nuestro agradecimiento por transportarnos fuera de la vulgar existencia cotidiana, en un concierto o en una conferencia, en el teatro o en el cine. Aplaudimos cuando reconocemos un acto de generosidad, de heroísmo. El acuerdo entonces es personal y suenan individualizados los aplausos. Aplaudimos un acto heroico y manifestamos así nuestro acuerdo con el héroe que quizá no deseemos imitar. Aplaudimos el esfuerzo de un acto deportivo y nos identificamos con el deportista.

¿Y en un mitin político?

La variedad de significados del aplauso es extraordinaria.

En primer lugar, aplauden los que pertenecen al partido del orador; diga lo que diga el aplauso es obligado: es el aplauso-claque. Los partidarios del tipo van a escuchar su discurso con las manos preparadas para manifestar su apoyo al partido que represen, y el orador repite para ellos con entusiasmo falso y de forma rutinaria (es el discurso que repetirá durante la campaña) los eslóganes previstos.

El discurso vale también para los que sienten curiosidad. Entonces el orador sabe y dice lo que los asistentes quieren oír: mejora de la sanidad, mejora de la educación, bajada de los impuestos, mejora de las infraestructuras (a precisar en cada región: minería, agricultura, turismo, bla bla, bla…) El aplauso tiene entonces el significado de la fe y la esperanza. ¡Parece que este tío, o este partido traerá las mejoras que yo esperaba!

Aunque aparezca el discurso que tiene ese nombre horrible de políticamente correcto, que no es ni más ni menos que una sarta de lugares comunes, de frases vacías para rellenar del silencio, el asistente aplaude… No es que haya acuerdo. Hay acuerdo en que hay que aplaudir. Los jefes de los partidos pueden advertir a su gente cuando esta aplaude: —Aplauden ustedes con poco entusiasmo.

El aplauso flojo tiene un cierto aire crítico: descubre en el orador un tono falso, una retórica hueca o el tufillo de la mentira.

Ante el discurso del líder, el que aplaude quiere a veces ser visto: espera que la mirada del jefe le dé esperanzas de un puestecillo; otras, siente como verdades palmarias las necedades que son meras flatulencias; otras, el aplauso es el acuerdo secreto, cínico, de quien sabe que lo que se dice son mentiras pero son mentiras preparadas para los que asisten de buena fe es el discurso que quiere ganar adeptos. El aplauso es una prolongación del discurso que dice: —Ni me engañas ni te engaño.

Hay discursos que abundan en descalificaciones de otros partidos o líderes. Revuelven en sus cloacas, y a los demás partidos y líderes, englobados en la denuncia o la insidia, les niega todo derecho a la existencia. El líder se envuelve en el único concepto, muy manido pero que nadie se atreverá a poner en solfa porque ellos han vuelto a darle sacralidad: la democracia. Y dentro de ella la libertad de decidir, la libertad del pueblo para separarse o para cambiar la Constitución a su gusto, o para no pagar, o para reclamar por la fuerza sus derechos básicos, para reivindicar el derecho al acoso o la libertad de insulto, etc. Ese discurso lleva implícito el concepto de «lo nuevo» que debe borrar todo lo viejo… todo. Una pizca de indignación ante verdaderos desmanes o desmanes imaginados, arrancará el aplauso enfervorizado de la gente . En ese momento el líder se vuelve su representante y toma de la masa sus deseos, sus negaciones, sus indignaciones, sus… derechos (esa es la palabra porque sabe que la masa no conoce más que derechos y jamás deberes). El aplauso es sonoro porque por fin se reconocen los derechos de la gente y a ese sustantivo se le añaden adjetivos como «sufrida, olvidada, desposeída, parada, desahuciada, hambrienta… no, no, famélica». «En pie famélica legión», unidos venceremos, unidos podemos… ha nacido la verdadera democracia. Lo demás era podredumbre… es hora de limpiar, de barrer, de eliminar… ahí se detienen porque lo que van a eliminar es la justamente la democracia.

El aplauso es atronador y entonces el líder recibe satisfecho y todavía con la santa indignación en el rostro, el reconocimiento de la gente. Y aplaude también él (eso sí, moderadamente a lo que entiende como apoyo del pueblo). Ya estamos ante un líder en el que se ha encendido la ambición de dirigir al pueblo que desde ahora es él y su partido. Ahora habrá que conquistar las instituciones y depurarlas habrá que hacerse con el Estado. No tiene idea de lo que es un estado, no sabe lo que es una nación ni cómo funcionan sus instituciones, pero todo ello está incluido en la palabra gente . Ya lo aprenderá aunque sea sobre las espaldas de la gente (!).

¿Cómo es el aplauso?

Estamos ante un tipo que ha aprendido en los medios de comunicación, cómo se seduce a las masas: con una flauta que es una caña hueca, cuatro o cinco notas que rechinen y se repitan, la escenografía de la descalificación y un atuendo característico que destaque por algún detalle propio. Ah, y el aplauso propicio. El discurso se hará inclinado sobre un atril y buena amplificación tanto en el acto como el la tele. El pantalón que tanta gracia nos hacía en Cantinflas, sujeto a la moda, por debajo de la cintura (somos jóvenes), la camisa blanca cuando se hable de pureza de la raza verdadera, contra la caspa de la casta. El tono acusador, la idea simple sacada de su catecismo moral, la descalificación pronta. El papelín de doctor en la frente. El ataque listo y la defensa preparada. El gesto de víctima cuando le sacudan una pedrada con la verdad. El slogan flotando sobre las cabezas de la gente , el halago facilón para ella, el descontento invocado, la promesa de cambio, de lo nuevo, de lo juvenil (ya me extraña que la izquierda haya arrinconado aquella palabra-talismán de progreso ). Cuenta además con la admiración boba que mucha gente mal escolarizada tiene por un doctor en cualquier cosa y se cree sabio en todo. ¿Qué aplauso será?

El líder es recibido en olor de santidad que es carácter de la multitud y se confunde con la sobaquina de los conciertos multitudinarios. Allí hay unos tipos disfrazados, desequilibrados, que corren con un micrófono por el escenario y vocean con voz de grillo amplificada por miles de vatios. El ruido infernal del desconcierto se llama concierto. Esos líderes de la discofradía o discografía o como se diga, tienen a sus pies la multitud que asegura que aquello «¡es… muy fuerte!» La multitud se enfervoriza muy pronto con el ruido rítmico salido del escenario y con la brutalidad de unas letras de esas que, o están en inglés o habría que traducirlas al inglés para disimular la idiotez. Enfervorizada, apretada como en el metro, la multitud (la gente) pal-mea, tararea y se balancea (¡balancé, balancé!) y cuando calla el estruendo, levanta las manos sobre su cabeza y aplaude. Ha sido transverberada por la música, la fama de los cantantes y la emoción de la gente . Y la masa es un único aplauso porque aquello, tío, ¡es… muy fuerte! El aplauso es la justificación del dinero gastado en la entrada y el acto gregario que no reconoce la propia sandez.

El nuevo líder político ve cómo su gente , su cofradía, aplaude en clave de claque y comienza con los cofrades un baile de rigodón o balanceo a la griega. Y todos cantan como en el concierto, como en las Iglesias (!) la alegría; la alegría del próximo Paraíso prometido… venezolano o griego. Amén.

Ya sé que me ganaré enemistad de algunos líderes, pero solo quería describir el sentido ambiguo del aplauso y, en ocasiones, la necedad del que lo da en lugar de meterse las manos en los bolsillos y rascarse... las monedas sueltas que allí encuentre.

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