TRIBUNA
Del hecho de no tener tiempo ya

Q ué mecanismo interior nos hace conscientes de que carecemos de tiempo, de que el tiempo ha pasado ya, que el tiempo ha dejado de ser nuevo ya, y que tal vez tengamos que aferrarnos al pasado, tan seguro, pero tan frágil, viejo, desflecado e inseguro como la memoria? Ese «ya» marca una grave diferencia entre el viejo fenómeno de que uno no tiene tiempo para otras actividades y el hecho del punto final en la historia personal. Ya, es una breve partícula temporal con filo de guadaña recién cabruñada y el sonido de degollina de un campo de amapolas y tiene un «¡ay!» escondido en su meollo.
Y sin embargo no sentimos miedo del final de los «tiempos» y vemos a nuestro alrededor hombres admirables en su caída como árboles eminentes hendidos por el rayo que no tienen miedo, pero andan con paso vacilante por la duras aceras de vivir. En la tertulia de El Molinillo, vemos pasar un hombre. («Los hombres pasan, mamá»). Era una eminencia de juez y mira qué desorientado anda, ahora que el tiempo se ha acumulado sobre la melancolía de su cabeza. Tan fino como era para identificar los trucos enrevesados de la ley que usaban en fraude los delincuentes; tan puntilloso en seguir los laberintos de un proceso y las intenciones de las partes; tan atento como estaba y tan minucioso en la interpretación aguda de la norma para aplicarla con equidad, míralo: parece que tiene dificultades de orientación. Las calles se le han vuelto extrañas, presta mucha atención a los bordillos, a las baldosas que se mueven, a los pasos de cebra que le recuerdan las rejas, le espantan los ciclistas ciudadanos... Aquella seguridad con que interpretaba los textos del foro, la literatura estricta de los contratos, los indicios más ocultos del delito… míralo. Vive observando con horror sus micciones y la puntualidad de las mismas. Sigue siendo desconfiado y vacila ante las sencillas señales del código de tráfico ciudadano. Se perdió en un laberinto de palabras y reglas y ahora, hasta las calles familiares le resultan signos indescifrables con un mugido estremecedor de fondo: Minotauro. Ya no encuentra el hilo del tiempo, digo de Ariadna, para escapar. Sic transit gloria mundi. Ahora, dobla la esquina en chaflán, sube la escalera (…cuatro, cinco, seis escalones) y entra en el hospital de enfrente Ya, ni disfruta de tiempo,/ ni es consciente de ello ya, por decirlo en dos octosílabos. ¡Ay, ay, ay escalón por escalón!
¿Sentimos la alarma temporal porque falla la tierra bajo nuestros pies o porque identificamos ese fallo como una llamada? ¡La llamada de la tierra!...
De todos modos, bien mirada la cosa, quizá siempre hemos sentido la angustia del «no tengo tiempo» porque nos espoleaba el instinto que Freud interpreta con la palabra griega Thánatos... muerte. Teníamos tanto que hacer antes de ese trágico tropezón… Queríamos cambiar el mundo sin tener claro que fuera el mundo, ni qué fuera cambiable y necesario cambiar…
Ahora aparecen terribles fotos de tanatorio de Marilyn, la musa de los 50/60 desguazada por las drogas, el alcohol y la depresión justo en el momento en que tanta belleza se derrumbaba como un sol que hace su salto mortal sobre el mar verde oliva… cirugía, postizos, horrorosas pinturas que suponía capaces de detener el tiempo. ¿Sentimos quizá la piedad de «lo que pudo haber sido y no fue» como cantaba el bolero porque también se nos cerró el horizonte? ¿Experimentamos ese sentimiento porque nuestro tiempo nos amenaza con la misma fiereza (ya)?
Acaso haya diferentes posiciones, (no salidas, que no las hay) para escapar, ¡ay! Mi amigo Pedro Trapiello, posiblemente el mejor prosista del país, me contaba una, que parecía tomada de La enfermedad mortal , de Kierkegaard. Un hombre (caso de perplejidad para el juez de que hablábamos) decide colgarse y deja una carta con una sola frase terriblemente analítica de su vida; una frase curiosamente sin verbo, sino con infinitivos que nombran únicamente la acción: «Tanto abrocharse y desabrocharse…». ¡Demoledora!
Kierkegaard lo hubiera definido como «el desesperado de la nimiedad». Esa reflexividad del pronombre «se» al final del verbo; esa «y» de la repetición de todo ; ese eructo espantoso de quien ya se siente cadáver, y ese indefinido adverbio de cantidad «tanto» hacen de la frase una maravilla de estilo con la punta afilada de un estilete: «Tanto abrocharse y desabrocharse»… ¡Se acabó el p… tiempo! Me voy desnudo como vine pero sin llanto. Me echaron de bruces en el tiempo del llanto, del abrocharse y desabrocharse, del ocultar y desocultar, del vestirme de alegría o tristeza, melancolía y risa descontrolada, burla y meditación, palabrería y… y ¡ay! y desvestirme de todo ello y mucho más. O sea de todo lo que se llamaba vida.
Este genio de la literatura y el suicidio era tan filósofo como Sócrates, porque tenía tanto como él. Él tenía botones ¡ay! pero carecía de la nostalgia socrática. Por su parte, mi maravilloso colgado era mucho más desposeído que Jesús, pues al fin, Jesús tenía un padre al que quejarse, un reino que proponer y un secreto deseofreudiano de pasar heroicamente; mi admirable suicida, en cambio, ni padre ni madre ni perrito que lo ladre, ni ganitas tenía de abrocharse y desabrocharse. Ya querría yo ver a Jesús abrochando y desabrochándose la sotana que se impusieron sus ministros los curas, durante cuarenta años más: bragueta eviterna de la garganta a los pies. Ya veríamos si en la cruz de la desesperación, en lugar de frases sonoras para el tiempo venidero no hubiera regalado a sus enemigos la sotana de ese otro que eligió la cuerda infame…
Divago. Me queda poco tiempo —¡ay!—ya, pero ya no me preocupa ni el tiempo nuevo, ni el cambio del mundo, ni los relojes, ni mi propio cambio. En la montaña encontré una roca solitaria para admirar desde allí, cerrando los ojos, la pequeñez que me sigue como el roce de un zapato que me hirió de niño. Confío al tiempo este cuerpo del que ya siento el inicio de tiempo detenido: el pavoroso perfume de una eminente carroña. Tanto abrocharme y desabrocharme…
Mañana estaré un poco más optimista, hoy no tengo ganas ni tiempo ya. No estoy, como dicen en Murcia, ni para llevar un mandamiento, y son diez. Vivir, «dormir… dormir… tal vez soñar». ¡Ay!