TRIBUNA
Verano en amarillo
H acia la mitad del verano culminaba en nuestras regiones montañosas la entronización del amarillo cereal. El proceso había comenzado en las tierras centenales de las altas laderas, coronadas de espigas que el viento acaricia en ondas marinas con un rumor de seda. Vino después la siega y finalmente el acarreo de los manojos a las eras, agrupados en grandes medas. En los caminos polvorientos los altos tallos del hinojo inclinaban al paso de los carros sus ramilletes, también ellos amarilleando en busca de la madurez, y dejaban caer un suave y dulce aroma. Todo estaba dispuesto para la maja y la obtención del rubicundo grano limpio. Así vio Ortega los pueblos en sus Notas del vago estío: «ceñidos por el cinturón dorado de las eras, donde las parvas relucían como joyas amarillas».
En las horas ardientes de la canícula, cuando estallan las vainas de las retamas y el sol reverbera sobre el suelo abrasado con un parpadeo de luz hiriente, retumbaban las eras a golpe de manales. Deshechas, pues, las medas y los manojos ya sueltos, tendidos y esparcidos, se enfrentaban dos filas de majadores —entre los que había casi siempre alguna mujer—, manal en ristre. El manal se articulaba por medio de una tira de cuero en manueca y porro. Los majadores lo empuñaban por la manueca y luego enarbolaban el porro con un veloz movimiento circular en vertical para descargar su impacto ya plano sobre las mieses resecas. Los miembros de cada fila se inclinaban y erguían en la acción del golpeo alternativamente. El conjunto dibujaba la coreografía remota de una danza antigua impetrando la benevolencia de un Dios agrícola o tal vez rindiéndole una entusiasta y agradecida pleitesía. Los golpes seguían un ritmo binario, compás de las dos filas respondiéndose. La operación contaba a veces con la ayuda de una melodía, también de ritmo binario, que afirmaba la necesaria simetría del golpeo. Esta era una de las que se cantaban en Cabrera: «Daime vino, daime vino / que agua no la he de beber; / anda una coca en el río, / temo que me ha de morder».
Esos golpes rítmicos siguen sonando en la memoria como el bajo continuo de una sinfonía estival. Y los golpes, las melodías y otras voces esporádicas constituían uno de los temas o líneas de esa sinfonía en la banda sonora del verano con el sol en la cúpula canicular. Sucedía a ras de tierra, al tiempo que otro en contrapunto se desarrollaba en al aire a cargo de insectos y de pájaros. Ahí es donde entraban las abejas durante el ajetreo incansable de sus viajes, largos a veces hasta las urces más altas de la montaña y el profundo bordoneo tejía otra trama de amarillo más oscuro sobre el claro de las parvas, que es la miel espesa. Y ahí también estaban las cigarras, horadando el aire ciego de la siesta con la punta insistente de su voz alucinada, esa que Homero llamó, con metáfora deslumbrante y auroral, «voz de lirio». «Cigarras abrasadas se afanaban chirriando», cantó Teócrito, y el incomparable Virgilio: «estridentes cigarras desgarran los arbustos».
En cuanto a los pájaros, exponía la tórtola ese arrullo con el que parece dar cuerda al reloj ensimismado de la siesta. O llegaba nítido el zureo de las palomas torcaces, llamadas en dialecto palombos , ese canto pautado en cinco notas de sonido gutural profundo. Y por encima de tórtolas y palombos se cernía el vilano, suspendido de un leve aleteo como un temblor de gozo. De pronto, desde esa postura ensimismada se lanza al vuelo, se precipita, suba, quiebra, gira, ejecutando una danza que parece homenaje al aire diáfano y la luz cernida bajo el radiante azul. La danza se desarrolla a una altura relativa, que permite apreciar su color, un pardo claro uniforme. Ese color y sobre todo esos rápidos movimientos imprevisibles podrían explicar, según Corominas, la sugestiva comparación, en realidad una metáfora: «cardo seco que vuela por el aire».
Así que todos esos movimientos, rumores nítidos o más difusos y otros sonidos a ras de tierra o meciéndose en el aire formaban parte de una antigua liturgia agrícola y de fertilidad vegetal. La cultura tradicional campesina descansaba en ese ritual. Una primera mecanización, más bien somera, de alguna de las tareas campesinas como la evocada todavía encajó sin mayor problema en esa cultura. Pienso por ejemplo en aquellos primeros motores ruidosos de dos tiempos, que movían por medio de una larga polea el gran cilindro metálico en la abultada panza de una máquina desgranadora. Pero aquel barullo ahora mucho más ruidoso seguía siendo la maja de siempre, algo abreviada por la potencia de las máquinas, porque en torno seguían las mismas personas, que seguían cantando y despotricando, mientras cantaban los mismos pájaros. La mecanización no pasó del estadio primitivo en que empezó. Ahí mismo acabó el proceso. Vino el silencio. Todos se habían ido. Una tórtola arrulló largamente la despedida.