PANORAMA
La fábula
E l Parlamento es la columna vertebral de la democracia. Allí se aprueban las leyes y allí se controla al Gobierno en el uso que realiza del poder. El viernes, en la comparecencia del ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, dio una lección magistral de falta de respeto a la institución, a los ciudadanos y a la opinión pública. Sus falsedades estaban escritas y leídas sin disimulo. Pretendió el ministro que los diputados de la oposición y la prensa querían hacer escarnio de algo tan sensible como la seguridad personal y familiar de Rodrigo Rato, ex vicepresidente de Gobierno, ex director del Fondo Monetario Internacional —cuyo despacho abandonó por razones personales a mitad de mandato— y ex presidente de Bankia.
Después de varias versiones sobre una reunión que se celebró sin que estuviera reflejada en la agenda oficial, al final se intentó justificar el encuentro entre un imputado por delitos económicos graves y el responsable de la investigación de esos delitos por la presencia en Twitter —en donde Rodrigo Rato no tiene cuenta— de insultos, agravios y amenazas, que el ministro calificó como «fundadas». Y el ministro omitió la circunstancia de que como corresponde a su condición de ex vicepresidente de Gobierno, Rodrigo Rato es asistido por escolta en todos los actos de su vida privada y pública.
Mientras el ministro, miembro súper numerario del Opus Dei, mentía en el Congreso para evitar el ejercicio de sus responsabilidades políticas, Rato se paseaba en moto por Gijón, demostrando que es un hombre sin miedo a esas amenazas o que tales no le impiden desarrollar sus vacaciones como a cualquier otro español.
El ministro no se despeinó en la comparecencia. Atacó a la prensa y a la oposición por inventarse una historia donde solo había el cumplimiento del deber como responsable de la seguridad del estado. Al final reveló que no había comunicado al presidente de Gobierno la reunión, y que solo llamó para decírselo a Rajoy cuando la prensa reveló que ésta se había celebrado.
Desde un punto de vista sociológico, lo sucedido es una demostración más de que el Partido Popular no está dispuesto a colaborar en que los ciudadanos recuperen la confianza en las instituciones y en los partidos.
Nadie creyó al ministro excepto los suyos. Las principales asociaciones de jueces y fiscales no tuvieron inconveniente en calificar el encuentro como improcedente y el PSOE sigue adelante con su denuncia por prevaricación, entre otros posibles delitos.
Mientras llegan a la Audiencia Nacional los legajos en donde se consideran entre otros delitos el blanqueo de capitales, y los preferentistas de Bankia siguen luchando contra la entidad que presidiera Rato en su salida a bolsa con su contabilidad falsificada, el ministro no solo no dimite o es cesad, sino que todos ellos pretenden que agradezcamos a Jorge Fernández Díaz por tomarnos a todos una vez más como idiotas.