FUEGOAMIGO
El poeta del común
Luis López Álvarez (La Barosa, Carucedo, 1930) pertenece a la generación poética del medio siglo y disfruta los días caribeños de su 85 aniversario con una trayectoria singular, alejada del rumbo doméstico de la mayoría de sus compañeros de hornada. Vivió los años de formación en Valladolid y emprendió la aventura literaria junto a Francisco Umbral, que lo evoca como «viejo camarada de adolescencias impacientes». «El secretario del Ateneo, recuerda Umbral, era Luis López Álvarez, con diecisiete años, un joven ingenio que también andaba por la ciudad disfrazado de poeta, como yo, y con quien a veces me encontraba en la carbonería, a por un kilo de ovoides». Marcha a París en el otoño de 1950.
En París sobrevive los primeros años vinculado a personalidades que lo ayudan y jalonan su tránsito por los tiempos difíciles: Salvador de Madariaga y Miguel Ángel Asturias. De su mano, estudia Ciencias Políticas en La Sorbona y empieza a trabajar en el Movimiento Europeo, en la radio francesa y en la Unesco. En 1952, publica en Madrid su primer libro, Arribar sosegado, en la estela de Juan Ramón Jiménez. Un lustro después ve la luz en París Víspera en Europa, en edición bilingüe. Entre 1957 y 1961 vive en el Congo francés, primero como locutor y luego como director del Instituto de Estudios Congoleños, además de estrecho colaborador de Patrice Lumumba. Su muerte violenta lo obliga al repliegue, aunque volverá años más tarde, como asesor de Kabila, también asesinado cuatro décadas después. A todos ellos expresará su gratitud con libros de evocación y homenaje.
La edición de Las Querencias (1969) supuso su rescate para la poesía española. Es un libro de sonetos que recupera el vínculo con la tierra berciana y castellana. Sonetos de impecable factura clásica, dinamizados por un manejo singular de los recursos expresivos. Ahí aparecen los versos de amor, la evocación del Bierzo. Amancio Prada musicó varios de estos sonetos, que combinan la pasión telúrica y el hilo del recuerdo. Imposible olvidar la belleza estremecida de Compañera, Entrar en ti, Amar no quiero o Al quiebro.
Rumor de Praga (1971) y Los comuneros (1972) refuerzan su perfil comprometido en el bastidor generacional de poeta que sitúa la solidaridad en el eje de sus preocupaciones y asume lo social como núcleo de su obra, para vehicular el canto colectivo. Viajero impenitente, sus versos se detienen en el universo íntimo o dan acogida a pulsiones de su recorrido vital. La invasión de Praga lo convierte en portavoz de las víctimas, mientras el reencuentro con las raíces comuneras lo enfrenta al pálpito de la memoria. «Comunes el sol y el viento,/ común ha de ser la tierra,/ que vuelva común al pueblo / lo que del pueblo saliera».