RÍO ARRIBA
El clan de los idiotas
C omo en el inicio de un cuento fantástico, en una gruta dentro de la cueva de una sima de una montaña remota, han ido a encontrar recientemente, y de forma milagrosa, lo que parece ser el eslabón perdido entre el australopithecus y el homo: algo así como el punto de inflexión entre los simios y el hombre. Lo han anunciado los de la National Geographic Society (a quienes te imaginas con levita y tomándose un oporto en un club con veladuras de caoba), situando el hallazgo en un valle ignoto de Sudáfrica. No obstante, viendo la reproducción del cráneo que han hecho los antropólogos, se nos antoja que nuestro antecesor (el homo naledi) debió desplazarse realmente lejos. Examinando sus rasgos minuciosamente deduces que incluso pudo alcanzar la península ibérica. Su frente prominente, las cejas densas, los ojos hundidos y la mirada penetrante, el mentón y los pómulos de carretero… a ese tipo, piensas, ya lo he visto antes. Si me apuran, en algún pueblo de León. Seguramente no en Cataluña, pues, como es sabido, ellos procedan de otra especie, una más espigada y gentil, menos «grosera» que la nuestra. El resto del mundo, y muy especialmente los españoles, derivamos de una raza que llevó boina y alpargatas hasta muy avanzado el siglo veinte. Venimos, qué le vamos a hacer, de unos nómadas que empezaron su gran viaje hace miles de años, un puñado de homínidos que salieron de África buscando tierras más fértiles o confortables. Curiosamente, y ya en la época del homo sapiens, los herederos de aquellos primeros hombres siguen haciendo lo mismo: abandonar forzosamente sus hogares, huir de las catástrofes y de las tinieblas, buscar desesperadamente un lugar donde sobrevivir con sus hijos. Ahora ese santuario se llama Europa, en otra época pudieron ser las costas de América o las riberas del Tigris o el Éufrates. Por eso resulta tan chocante que algunos de sus descendientes, por llevar una barretina o una txapela tapándoles los ojos, insistan en declararse diferentes. Parece mentira que continúen negando con tesón la evidencia más palmaria: que todos somos hijos de un mono frágil y extrañamente sensible, que nuestros huesos van a disolverse como serrín en el cosmos –así seamos mendigos o emperadores- y que en ese universo monstruosamente grande el planeta donde vivimos apenas roza las dimensiones de una mota de polvo. A partir de ahí, los himnos, las fronteras y las identidades son solo excrecencias de un empeño absurdo: creer que la pureza de nuestra cultura nos hará infalibles y dichosos. Si además nos han adoctrinado desde niños, ya tenemos una especie tan vieja como la tierra: es más común de lo que parece y responde por el fabuloso nombre del clan de los idiotas.