Diario de León
Publicado por
josé maría calleja
León

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E s más que probable que si la lista en la que Artur Mas se esconde no logra la mayoría absoluta de escaños el 27 de setiembre, no se parará el proceso nacionalista hacia la frustración. Mas ha convocado tres elecciones autonómicas en cinco años con cara de decir: tranquilos, yo controlo, las anticipamos, nos hacemos con la mayoría absoluta y ¡zas!, independencia en la noche electoral. En las dos anteriores no ha hecho más que perder escaños y votos, a chorros. En medio, ha perdido hasta su socio de coalición, la Unió Democrática de Durán i Lleida, en su día el político mejor valorado en toda España. Mas ha logrado pasar de ser líder de un partido que siempre ganaba, jugara como jugase, a perder las dos últimas autonómicas y esconderse en una lista, no del todo revuelta, por si se da el tercer batacazo.

A pesar de estos hechos evidentes, que descartan destreza estratégica, hay quien ha subido a Mas a la peana y le ha puesto un halo de gran timonel que le hace feliz. Bien, pongamos que la lista no revuelta no alcanza los 68 escaños de la mayoría absoluta y que a pesar del gigantesco esfuerzo propagandístico, y de lo gratis que le sale a Mas su desastroso Gobierno y la corrupción, vuelve a perder por tercera vez. Ya se las arreglará para vender que el proceso es del pueblo, que no importan las personas, esas cosas.

Desde que se inició, hace cuatro años, esta especie de proceso mágico, según el cual la llegada de la independencia era cuestión de minutos, adornado con mucho «no hay marcha atrás» y «el mañana nos pertenece», he tenido la sensación de que algunos, de manera tan frívola como irresponsable, se habían subido a una ola que no era la suya, la han querido capitalizar y aún a sabiendas de las posibilidades más que evidentes de fracaso, han atizado un estado de ánimo que corre severo riesgo de provocar una gigantesca frustración.

Sea el resultado que fuere, el destrozo ya esta hecho. La sociedad catalana, que se movía hace años en un clima de razonable convivencia entre distintos, está hoy atravesada por la división, por «no hablemos de esto que acabaremos discutiendo». Sirva de indicador la última Diada, una fiesta que en su día fue de todos, luego de unos que abucheaban a otros, y ahora se ha convertido en un acto propagandístico al servicio de un señor, Mas, que en un día dijo que no propondría un referéndum porque eso dividiría a los catalanes. Esa división, ese enfrentamiento, esa consideración de que el otro me sobra, el reparto de carnés de catalanidad convertido en deporte nacional. El destrozo ya está hecho.

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