LEÓN EN VERSO
Rancho helado
La calidad sin equidad es elitismo, dijo un paisano leonés respecto al hilo del ideario educativo que se pretende para este trigésimo año triunfal con brillantina. Lo llamaron línea fría porque arroz con criadillas de barrenillo excede a la sutileza que exige un plato fetén en la edición júnior del chef entre fogones. No hay mayor desazón para los padres que saber que a sus retoños les puede esperar al final de la mañana la deconstrucción de caldo de gusanos, un hervidero de bichos en larva que en libertad se suelen reproducir en tallos centeneros como tribus de parpaja entre espigas de cebada. Antes de servir como neologismo comodín en este mus con cuatro reyes y ocho pitos que impone la casta, la línea fría de León discurría paralela al tren de vía estrecha, a donde llegaron los apeaderos después de tres décadas fatales de inmigración incesante; línea fría fue antes el río Porma, con medio metro de hielo para los carboneros que surtían con carros y yuntas de vacas famélicas las estufas de los acomodados; esperar un bisturí nueve meses es frío, sin otro consuelo que la estadística muda de la operadora al otro lado de la línea. Lineales fueron las subvenciones para reactivar las cuencas mineras; y fría, la soledad que queda en el norte leonés, donde la esperanza se evacuó con trenes sin concertina; no hay nada más lineal que los polígonos que llamaron industriales y llenaron de escaparates acristalados para vender coches, asolados hoy como templos sin fieles y agnósticos de dioses a los que adorar. Línea fría, como un amanecer de enero, resulta la trayectoria que describe ese alevín de escarabajo entre el fondo del plato y el estómago de los escolares, que afrontan antes el pasillo frío del aula al comedor. Lo que no acepta el privilegio se oferta en León receta de chamanes. Línea fría, proclaman sin rubor a la misma hora que licitan por ochenta mil euros la restauración que asegura el rancho caliente que sus señorías necesitan para afrontar el parlamento sobre lo bien que van las cosas. Ya hay una generación de línea fría, igual que hubo otra del colacao y del tulipán, o la del calcio en polvo que logró que a los leoneses hijos de la hambruna del franquismo fuera más fácil saltarlos que rodearlos. Línea fría, del campo semántico del éxito culinario, un acierto que ahorra a los chavales la tensión de soplar el rancho diario; ese gesto que tantas veces ha derivado en esquizofrenias en la pubertad.