NUBESY CLAROS
Operetas
De lo poco que tiene de bueno que acabe septiembre es el respiro de ver terminar una campaña electoral esperpéntica, aunque sólo sea para dar paso, sin tregua, a un solapamiento de análisis por los mismos que ya pergeñan el inminente arranque de los comicios generales. Una de las reformas más urgentes del sistema tiene que ser sin duda poner límites (tipo el tiempo de rebajas, antes de que esto también se liberalizara) a las citas electorales. Estamos, cual grupo comercial al mejor postor, en permanente paréntesis de promoción y descuentos, del todo vale con tal de que se compre. Y no es eso. No lo es.
Tantos meses de verborrea y sucesión ininterrumpida de citas de histórica trascendencia provocan desorientación imperdonable. Tengo un familiar de cierta edad empeñado en votar en el proceso catalán, a pesar de subsistir en el reservorio del Torío, muy ajeno a los intereses independentistas.
Y muy ajena también toda la enredadera electoral a lo que ocupa de verdad a los ciudadanos, afanados en el trasiego del trabajo, la compra, el colegio, el banco, la oficina del paro,...
Un ir y venir arrastrando las cadenas que nos ataron quienes decidieron que nos habíamos venido demasiado arriba en el tren de vida. Sentenciados, trasegamos en la espiral de la pérdida salarial y de derechos, en idas y venidas de las recesiones que nos atenazan y recuperaciones que no nos llegan. Lo que constatamos es la capacidad de perpetuarse de una clase pública que no acaba de sumar virtudes, y quién sabe si ha renunciado a sus vicios.
Asistimos a debates plagados de pedorreces, seguidos de centenares de análisis que no logran elevar el nivel. Nos pasmamos incluso ante vodeviles como el de las banderas en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Si este es el ejemplo de participación ciudadana y nuevo modelo democrático...
Pues miren, nuestra vida no es un estúpido guión de banderas, independencias de conveniencia o argumentos partidistas cocinados al minuto. Somos una ciudadanía ahíta de estupideces, y de quienes pelean por los trapos para distraer sobre lo que perpetran con las haciendas.
Seguimos, eso sí, contemplando opereta tras opereta en un teatrillo que nos nos hace reir ni llorar. No aplaudimos ni abucheamos, porque no tiene nada que ver con lo que aprieta nuestros zapatos. Por cierto, ¿qué hay de lo nuestro?