Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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L a Losilla asoma a la vega de Boñar desde el resguardo de la Rasa, uno de los montículos que apresan el valle del río Colle poco antes de entregar sus aguas al Porma. Al otro lado apunta la Cotica y sus apreturas disuadieron al ferrocarril de vía estrecha de encaminarse por el valle de Sabero hacia el Esla. Los proyectistas escogieron la comodidad de las Arrimadas y La Ercina.

La Losilla tiene apeadero de Feve y un recodo de vega cuya toponimia recuerda al primitivo convento mozárabe fundado por el conde Guisvado en el siglo diez. Remontando el valle setecientos metros, el rey Fruela, codicioso de las aguas caldeadas de una fuente termal, dispuso la construcción de otro cenobio, dedicado al Salvador. Una lápida transcrita por Gómez Moreno advertía a quien llegara a aquel recinto triste como un reo, que su salida iba a ser pujante y airosa como un pendón. Varias de las lápidas mozárabes y aun visigodas de este lugar andan por museos o se esfumaron en el mercado de la trampa. No obstante, la iglesia de Nuestra Señora de la Somerada, en San Adrián, todavía muestra empotrados en sus muros sillares con inscripciones fundacionales y adornos circulares. Es muy llamativa la lápida del muro norte, ahora limpia de musgos y protegida de escurriduras. Las reliquias de los mártires Adriano y Natalia recalaron en el convento de las Carbajalas de León, en la plaza del Grano, después de la desamortización de Eslonza.

La Vega, que arropa a la ermita de San Roque, dio cobijo hace tres décadas a la explosión de madurez del poeta Antonio Gamoneda, cuyos versos más potentes celebraron la pérdida de este albergue creativo del Cervantes. Nada extraño si tenemos en cuenta que el paraje suma a la eficacia de sus tratamientos la belleza de un entorno seductor. La tradición saludable del ‘balneare’ romano, que dio nombre a Boñar, ha quedado finalmente reducida a la memoria de unas caldas doblemente abandonadas. Tanto las de San Adrián como las que brotan a la salida de Boñar hacia el embalse de Vegamián, con manantiales a 31º de temperatura. En la Edad Media, doña Urraca tentó a los monjes benedictinos de Eslonza con la seducción de sus cálidas aguas, benéficas para reumatismos, indigestiones y dificultades respiratorias. Pero los monjes supieron ser indolentes con aquel prodigio y lo dejaron malograrse, de manera que la gente del entorno seguía acudiendo a bañarse en pozas que cavaban en la huerta fluvial, junto al Porma. A lo largo del diecinueve, después de la desamortización, el balneario vivió una etapa de concurrencia comarcal, pero su prosperidad le llegaría con el paso del ferrocarril de vía estrecha. Durante el pasado siglo su clientela ocupó dos plantas del balneario y casas de los pueblos colindantes.

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