Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Hay quien pasea por el monte descubriendo las vigas en los árboles y quien se adentra en el bosque siguiendo la imposible brisa del mar. Materialismo e idealismo, que bebieron en la misma fuente napoleónica, el inagotable Hegel, están en la naturaleza del hombre probablemente desde su mismo inicio como pulsiones fundadoras de la personalidad individual. En alguna ocasión hemos dicho que, en cualquier empeño, hacen falta personas que ideen y personas que lleven esas ideas a término. Hacer los sueños realidad, inevitablemente, requiere tanto tener un sueño previo como instrumentos para ponerlo en pie dentro del mundo. La visión incumplida vale tanto como un boleto de lotería premiado caduco. La roma realidad, sin el impulso de las alas del talento, puede esperar tanta posteridad como un muñeco de nieve que se funde al sol.

En el lánguido ámbito de excelencia deportiva leonés, donde algunas picas en Flandes están poniendo últimamente las mujeres, resplandece la hazaña de Carolina Rodríguez, una idealista con los pies en la tierra y la mente en las cimas del monte Olimpo. A Carolina, desde niña, llevamos viéndola descollar con la cara pintada y el pelo recogido en una coleta en el ámbito de una actividad, la gimnasia rítmica, que parece pensada para cuerpos de goma o como tortura china contra las articulaciones del cuerpo humano. Elasticidad y gracia, coordinación y estética, se funden en unos ejercicios cuya dificultad no envejece aunque los músculos, que sí lo hacen, los tengan aprendidos.

Carolina Rodríguez, que ya ha asistido a dos olimpiadas, a una edad en que hace años que en la elite se han colgado las mallas, soñó que sería capaz de clasificarse para los próximos Juegos Olímpicos de Río en 2016. Lo soñó y obtuvo la clasificación en el Mundial de Stuttgart a la primera, con la mejor actuación de su vida. Agradecida como es, con esa dulzura que rezuma incluso con el maquillaje, tras superar el mayor reto de una carrera que ha estado marcada por las lesiones y el volver a empezar, se acordó de Ruth Fernández, de su entrenador y sus compañeras, y también de Drasanvi, la empresa leonesa que la ha ayudado, «porque sin ellos yo no estaría aquí». Drasanvi, la firma de productos naturales y valores sólidos radicada en Villadangos, que supo ver que en la loca aspiración de una luchadora había esperanzas de fuste.

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