Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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E l eco de la detonación retumbó en todo el Valle del Silencio. Fue en los últimos días del invierno de 2003. Alguien había olvidado una vieja granada de la Guerra Civil entre una viga de madera podrida y uno de los muros corrompidos por la hiedra del Monasterio de San Pedro Montes, y las primeras obras de restauración del cenobio sacaron a la luz un recuerdo de tiempos más agitados, cuando los senderos de la Tebaida Berciana, en un tiempo un lugar de meditación de monjes y ermitaños, los transitaban los huidos de los pueblos, los guerrilleros que todavía luchaban contra Franco y los hombres que se emboscaban para perseguirlos.

Los obreros habían trabajado el día anterior en la misma pared, incluso le habían propinado algunos golpes a la viga, pero la vieja granada, mimetizada con la madera, había pasado inadvertida en un día de lluvia. A la mañana siguiente, sin embargo, los trabajadores descubrieron lo que era y dos artificieros de la Guardia Civil salieron de León, condujeron por la carretera sinuosa —que entonces pedía a gritos una capa de aglomerado y unos quitamiedos— y se plantaron a la sombra del monasterio abandonado después de la Desamortización y el incendio que calcinó sus muros en el siglo XIX. Allí retiraron la granada con cuidado, la colocaron en una cuneta junto a la entrada del pueblo y la hicieron estallar.

Perdonen si recuerdo ahora lo que escribí aquel día, después de ser testigo de la voladura junto al fotógrafo de este periódico Luis de la Mata. «La detonación dejó un eco extraño en un lugar legendario por su silencio». «Incluso los lugares más sagrados no están libres de los sonidos de la guerra».

Hoy, en las páginas de información de este periódico, publicamos que la Junta de Castilla y León ha autorizado la reconstrucción de la parte oriental del monasterio para recuperarlo como el lugar de retiro que fue. Bienvenido sea. Pero hay un eco que aún no se ha apagado del todo en esos montes. Y no lo hará, aunque detonemos todas las granadas viejas, mientras las administraciones y los políticos que nos representan no demuestren la misma sensibilidad con los muertos que todavía están enterrados en las cunetas.

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