Diario de León

TRIBUNA

La señera tradición de Las Cantaderas

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Máximo CAYÓN DIÉGUEZ Cronista Oficial de la ciudad de León
León

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L a fiesta de Las Cantaderas tiene sus antecedentes en la aparición ecuestre del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo, una contienda basculante entre la historia y la leyenda, que se ha fijado en el 22 de mayo del año 844. El concurso del ‘Hijo del Trueno’ en favor de las armas cristianas hizo posible la victoria del ejército de Ramiro I (842-850) sobre las tropas del príncipe omeya Abd al-Rahmán II (833-852). Este triunfo trajo consigo la supresión del «nefando tributo» de las Cien Doncellas, pactado en décadas precedentes por el rey Mauregato (784-789) y el emir de Córdoba, consistente en la entrega al sarraceno de cincuenta doncellas nobles y cincuenta procedentes del pueblo llano.

De entonces, datan, pues, los orígenes de un ritual emotivo y protocolario en la intrahistoria leonesa, asentado, a partes iguales, en la oferta voluntaria y en el foro preceptivo. La interpretación de los límites de ambas opciones conlleva la defensa de los intereses de cada una de las instituciones implicadas, que no son otras que el Corregimiento de León y el Cabildo de la S. I. Catedral legionense.

La celebración de Las Cantaderas es una señera tradición que en León gozó siempre de un singular predicamento. Así lo constata Francisco Cabeza de Vaca, Marqués de Fuente Oyuelo, en el capítulo XXX de Las Políticas Ceremonias , obra de 1693. Dice allí el noble leonés: «Se celebra con especialísima solemnidad, en memoria de la insigne batalla que nuestro gran rey D. Ramiro venció en los campos de Clavijo; habiéndose noticiado al Portero mayor la hora, da llamamiento, sale la Ciudad desde sus Casas Consistoriales, yendo delante los clarines y tambores con sus libreas, las niñas que en memoria del triunfo de las Cien Doncellas dan las parroquias, que van adornadas lo mejor que se puede, sigue la Ciudad con sus cuatro Maceros y demás ministros, entran por la puerta principal [de la S.I. Catedral]».

Como es verificable, la fiesta de Las Cantaderas, ceremonial de atrayente rúbrica y festivo contenido, mantiene indemnes sus raíces. Desde la Casa de la Poridad parte el polícromo cortejo cívico-religioso compuesto por la Corporación Municipal de León, «en forma de ciudad», los cuatro Maceros, la policía municipal de gala y la banda de música. Anteceden a todos ellos un bello carro engalanado, tirado por una pareja de bueyes que muestran dos roscas de pan en las astas, la sotadera, ataviada a la usanza morisca, y, por supuesto, las cantaderas, con sus cestillos henchidos con frutos típicos de la tierra leonesa.

Antaño, en 1596, según describe el P. Lobera en el capítulo XII de su obra Grandezas de la muy antigua e insigne ciudad e iglesia de León , eran «doce niñas de hasta diez o doce años», procedentes de las parroquias de San Marcelo, Nuestra Señora del Mercado, San Martín y Santa Ana. Por aquellas calendas, los atabales y el salterio salían de la Antigua del Camino. La sotadera, que lo hacía de la primera de ellas, donde dos vidrieras aluden a esta fiesta que comentamos, representaba a la mujer enviada desde Córdoba con la finalidad de elegir a las Cien Doncellas. Dicho religioso refiere también que, a juicio Pedro de Canseco, Arcediano de Saldaña, la Sotadera era fémina erudita en la lengua española y llena de prudencia «para consolar y animar por el camino a aquellas doncellas, que irían tristes y desconsoladas y con razón».

El lienzo sur del claustro catedralicio es el escenario del foro o de la oferta, según estimación de cada uno de los antagonistas. En el tímpano protogótico del chantre Munio Ponzardi, fallecido el 19 de septiembre de 1240, y ante Nuestra Señora del Foro y Oferta de Regla, la sotadera deposita el arco floral que porta, y las cantaderas, sus cestillos. Después, el patio claustral acoge el litigio entre el representante municipal y el eclesiástico.

De más está decir que, año tras año, las tesis de ambos se repiten con la misma puntualidad que el calendario. Por su parte, el síndico defiende sin ambages que se trata de una oferta de carácter libre y voluntario. Por la suya, el capitular sostiene con firmeza que acepta la entrega, pero que lo hace, por supuesto, como foro, de ninguna manera como oferta. Después de tres intervenciones de cada uno de los interlocutores, entreveradas de sutileza verbal y sagacidad de intenciones, y no exentas, por supuesto, de astucia y diplomacia, la cosa termina sin acuerdo, como estaba previsto. A continuación, los respectivos escribanos institucionales levantan, cada uno por su cuenta, la correspondiente acta del hecho de conformidad con los intereses que les incumbe. Y así, un año más, la tradición sigue incólume.

Luego, se celebra la Eucaristía. Cuando ésta termina, a los sones de la dulzaina y el tamboril, ya en el atrio occidental de la Pulchra Leonina, ante la imagen de la Virgen Blanca, cantaderas y sotadera bailan la Cantiga X de Alfonso el Sabio, ¿Donna d’as Donnas?, como lo han hecho al llegar y ante Nuestra Señora del Foro y Oferta. De esta manera concluye el ceremonial propiamente dicho.

Manifiestamente, León y el apóstol Santiago tienen vínculos insoslayables. La Orden de Santiago fue instituida por caballeros leoneses en tiempos de Fernando II, rey privativo de León, hijo de Alfonso VII, el Emperador, que, según el P. Risco, [Historia de la Ciudad y Corte de León y de sus Reyes , cap. XIV], «erigió su primera casa en Cáceres, como sitio frontero de los enemigos, en el año de 1170». Sus fines principales eran combatir a los infieles y proteger a los peregrinos a Compostela. En el reino legionense, la Orden tuvo Casa Mayor en San Marcos de León, edificio donde el testimonio santiaguista es bien visible. Baste decir que en el arco de entrada de la portada principal, en altorrelieve, inserto en una venera trifoliada, se representa a Santiago Apóstol, vencedor en Clavijo. Su conclusión se data allí: 5 de septiembre de 1715. Se acaban de cumplir, pues, trescientos años de su ejecución.

De todo cuanto antecede se infiere, sin mayores elucidaciones, que la fiesta de Las Cantaderas tiene un evidente arraigo popular en esta antigua Corte de Reyes. Como lo tiene también la imagen del apóstol Santiago, «caballero andante de Dios», en feliz afirmación de Miguel de Cervantes.

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