CORNADA DE LOBO
Predicadoras
Dice don Stephen Hawkin que haciendo sólo números (y ahí es un genio) es inevitable que haya vida extraterreste. Lo normal serán bacterias, microbios, como en el principio de la Tierra, pero por eso alguna vida podría ser inteligente y constituir una amenaza o un riesgo grave.
Miedo. Mete miedo lo que dice... y sus razones son inapelables.
Sócrates confía en que antes de que eso ocurra han de verse mujeres curas y obispas en la iglesia católica y, al cabo, papisas o «juanas». Haciendo números, sale más que probable.
Miedo. Mucho miedo mete en los sínodos y curias esta profecía socrática de lo inevitable: la mujer tendrá su trozo en la Iglesia, vaya que sí.
La señora Quintina imagina que si los curas de aquí se casan como los protestantes y las mujeres pueden hacerse curas, no está ella dispuesta a que don Roque les diga en la parroquia «hoy el sermón os lo echa mi mujer», no, hija, no, hasta ahí podríamos llegar.
Tranqui, Quintina, Roma será sorda al clamor que seguirá pidiendo ordenar a las mujeres. Sólo cederá si no hay más remedio y hacen números, a ver: mueren curas, no hay repuesto, ni vocaciones, el oficio está algo desprestigiado por lo que todos sabemos, la sotana cede... y ellas tendrán que hacerse cargo de la parroquia y de las misas. Eso es lo que salvará a medias al orbe católico que para entonces reste.
Sócrates preguntó: si hay una orden de predicadores, ¿no la habrá de predicadoras?, ya le toca... ¡vade retro!, dirá Rouco. Pero «de la necesidad, virtud»: habrá predicadoras. Ya las hay, no necesitan púlpito en la catedral, están en los minaretes de la tele o internet... hay sor Lucías cojoneras, místicas poetisas, finas monjas con hábito de tela vaquera como esas de las clarisas de Lerma donde una joven lista y pispa, hermana de obispo, fundó una pujante orden religiosa femenina, Iesu communio, que arrasa entre chicas bien y universitarias pif. Se van a enterar un día sus eminencias y sus paternidades de lo que saben y piensan las religiosas leídas y con otra mirada al mundo.
A Teresa de Jesús jamás la invitaron a subir a un púlpito. Y hacerla después Doctora de la Iglesia tiene su guasa.