La opinión del lector
Un san Froilán fervorizado
N i la lluvia fue capaz de atemorizar y espantar a los valientes leoneses y demás acompañantes el día del santo obispo patrón. De fuera hacia dentro, lamentar la ausencia del colorido que ofrecen los pendones por mor de la climatología imperante y del fuerte viento. Suplieron los carros engalanados por dar vida al concurso y al entorno de la campa, puestos feriales de alrededores y cercanías. Toda una fiesta a pesar del ambiente fresco y airoso menos positivo que acusó en alguna medida el abarrote menor de la propia romería anual. Una pena porque el abandono de la campa para la ceremonia religiosa hizo que el dintorno del santuario resultase algo desordenado y apretujado a pesar cuantiosos elementos contingentes acompañantes de personas y accesorios. El revuelo interior resulta algo molesto contra la finalidad del sacro lugar, destinado al fervor usual mariano. Por mor de atenciones preparatorias a la gran celebración reina de las doce, la falta de espacio anuló la presencia de mucha gente deseosa de participar en el acto eucarístico presidido por el señor obispo diocesano, puntual a la cita anual.
Tal emergencia sustitutoria, difícil de suplantar, viene añadida a la increencia y falta de entusiasmo reinante en la sociedad de hoy día. Pero el peregrinaje numeroso, no abarrotado como en años anteriores, merece bien una alabanza en agradecimiento al esfuerzo de los esforzados leoneses, más fácilmente distinguidos esta vez, por ausencia notable de los foráneos.
El nerviosismo táctil propio del día que se palpaba dentro del santuario influyó también en la celebración previa por ajetreos y movimientos innecesarios en la zona privilegiada del ábside. Tales gestos y la no presencia de un elemento importante como la música que santa Teresa reclamaba siempre para la acción eucarística, disminuyó algún tanto, la calma y atención a la celebración. El recinto es insuficiente, está claro. Sin embargo, en ocasiones como ésta, en la basílica se ve uno casi atemorizado con tanto uniforme, tan útiles en otras ocasiones aglomerantes. Y no me refiero tanto a los señores y sus jolgorios entre asientos de casi medio santuario reservados, sino más bien a los agentes servidores del orden; guardias, protección civil y demás etiquetados voluntarios. Si contamos representantes obligados añadidos de instituciones provinciales y locales y de los pueblos oferentes. Claro, que era su día, pero con menos empujones y atropellos, puertas selladas con doble guarda, y sola palabra de obligado huidor del manso ‘regocijo’. Y que san Froilán nos perdone por un año. Una sorpresa agradable: el número creciente de niños desafiando el clima en brazos de mamás y papás acompañantes bien por honrar al santo, con o sin intención añadida de ofrendarlos a la patrona. Gracias madre, gracias san Froilán, un año más.