Diario de León
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antonio manilla
León

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S eñor Herrera: deberíamos ser una comunidad demográficamente regulada. Parece, por lo que indican las cifras estadísticas, que la gente se va de aquí a buscarse el futuro y cada día somos menos y vamos a ser muy pocos en el porvenir, aunque acojamos refugiados ya mismo. Hasta los extranjeros están volviendo a sus países de origen, ante la falta de oportunidades. La inmigración de hoy, como ha señalado Alain Finkielkraut en «La identidad desdichada», no es precisamente la de ayer: la inmigración de trabajo se ha convertido en una inmigración de familia. La gente ya no se va de uno en uno sino, como poco, de tres en tres. Así no hay territorio que soporte la fragmentación.

Al principio de todo este proceso de despoblación, en una aparente paradoja, las capitales sonreían ya que a ellas afluían personas, pero un día los pueblos dejaron de aportarlas, como habían hecho durante los últimos cincuenta años, porque se habían quedado en cuadro, cuando no desiertos. Luego ocurrió que los jóvenes urbanitas salían a estudiar y trabajar, con la vista puesta en el regreso y asentarse en su patria chica, con una profesión liberal o un negocio: eran aquellos que no habían obtenido, por méritos o por influencias, que de todo había, el acceso al funcionariado local, los que tampoco habían heredado propiedades o al menos un comercio, aquellos que nada más tenían el patrimonio de su propio esfuerzo. Regresaban en las fiestas de guardar y, finalmente, algunos, al retirarse. Durante algún tiempo mantuvieron la ilusión de vida en los pueblos y en los barrios, aunque fuera un espejismo geriátrico de casas en pie y ventanas que lentamente se iban cerrando para nunca volver a abrirse.

Cuando ya son las capitales de provincia las que se resienten del lento pero implacable goteo de arena, con una población envejecida y un continuo declive de habitantes, es el momento de convencerse de que las políticas demográficas dan resultados escuálidos mientras no hay trabajo. Si el turismo es el único plan de choque contra la extinción, es la hora de que comprenda que la batalla puede estar en curso pero la suerte ya está echada. Y hay que ir planificando la ruina. Hasta en una comunidad paisajística y visitable, es preciso un mínimo de población —como el caudal en los ríos regulados— para atender a los turistas. Por eso se lo digo, señor Herrera.

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