LEÓN EN VERSO
Vías del norte
Subvencionan el viaje a la meseta a precios de ganga mientras gravan el pasaje al mar de la infancia, que es la patria, el mar que suturó la pubertad, de los amores de verano que siempre arrastró el airón de las castañas; se pusieron sectarios, como si pudieran corregir el curso del instinto a base de billetes gratificados. Empujan a subirse al tren de ida a la estepa los mismos que corren a refugiarse al otro lado del Pajares, y se jactan de tener sitio holgado en los paseos de san Lorenzo antes de que la bruma deje paso al estallido de color de las sombrillas; y alivian el apetito con ese pixin sagrado que honra el paladar mientras abajo, en la media luna de la Ñora, murmullan los niños que acaricia la marea de la siesta; a lo mejor habría que señalar al político que permite que con dinero público se agravie a quien prefiera chuparse los dedos en Tazones y reservar un puñado de percebes por si antes de la sobremesa regresara de nuevo Carlos V, dispuesto a dar otra tunda a los comuneros, en vez de emprender viajes gratificados en los que el pasatiempo preferido es el descuento de postes de teléfono hasta llegar al destino. Flujo natural y flujo de escaparate. Leyeron entre líneas el medio centenar de empresarios leoneses, que en los últimos años trasladaron el domicilio de su negocio al Principado, en busca de una justicia y un ambiente fiscal que, aquí, entienden agresivo y ajeno. De ida sólo, como el tren. El camino al norte está salpicado de trabas; hasta en las vías secundarias que tienen que pisar los montañeses, con cuidado de meter la rueda en una de esas grietas abismales que unen las curvas de Mirantes y las costas de Australia. A Tino Rodríguez se las ponen a empujar. Seguro que cuando tomó las riendas del PSOE leonés, en aquel triunfo dominical que desató los brincos y otras expresiones de emoción de Ibán García del Blanco sobre las butacas del Conservatorio, incluyó entre los deseos que le ofreció el genio que frotaba la lámpara que, algún día, un presidente de la Diputación le hiciera culpable del clamor vecinal con una carretera que por el firme infame parece empujar al mismísimo infierno en vez de llevar al paraíso. Según esta teoría neopolítica que todo cubre con buen rollo y risa falsa, leoneses de Babia, Laciana y Luna están condenados otros treinta años a bailar claqué sobre baches y requiebros del asfalto porque el jefe de los socialistas preside la junta vecinal de San Emiliano.