CUARTO CRECIENTE
El puente de hierro
L os hermanos Marx tenían una carnicería en Toral de los Vados. Lo sabe César Gavela, que antes que escritor fue niño en la Ciudad del Dólar y se entretenía buscando nombres raros en los listines de teléfonos.
La Ciudad del Dólar, por si aún no lo saben, era el nombre que recibía Ponferrada en la posguerra y en los años del tardofranquismo, cuando la fiebre del wolfram y el nacimiento de Endesa, las obras hidráulicas, las minas de carbón y la montaña negra, llenaron el Bierzo de inmigrantes andaluces, portugueses, maragatos, cepedanos, gallegos y asturianos; gente trabajadora de los valles y de la meseta, y buscavidas de todas partes que seguían el rastro del dinero fácil.
En aquella ciudad de mercaderes y ferroviarios sobrevivían almacenes como el de la familia de Gavela en el entorno de la plaza de Fernando Miranda. César, el niño, aprendió allí a escuchar las historias de sus mayores muy pronto. Y se asombraba cuando en la guía de la Telefónica aparecía el apellido de los tres hermanos Marx de Toral de los Vados, hasta que en su casa le decían que eran carniceros y nada tenían que ver con el cine, ni con los genios de la pantomima y los diálogos hilarantes.
Las novelas y los cuentos de Gavela escarban en su memoria de niño. La infancia, lo reconoce, es la fuente de sus historias. Y de todas las que ha escrito —y César, que acaba de presentar su último libro de relatos, ha ganado un buen puñado de premios con ellas— mi favorita es El puente de hierro.
El puente de hierro, seguro que se lo imaginan, habla de la Ciudad del Dólar. Una ciudad de aluvión, leo en la contraportada del libro que me dedicó en 1998. Un ciudad brumosa, con dos ríos de carbón lavado, los setos de escoria. Una balsa de limo negro. Una bandada de pájaros. Y las montañas del sur, veteadas de barrancos morados. Yo tenía veinticinco años, poco más que el personaje que se baja del tren al comienzo de la novela, y descubría que la ciudad donde empezaba a ejercer el periodismo también tenía un pasado legendario. Sólo había que mirar hacia la montaña de carbón y dejarse embaucar por la niebla.