Diario de León
Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Sé que la palabra que encabeza esta columna no está registrada en el diccionario, pero voy a utilizarla por su cercanía a globalizar, que la vincula a la idea de hacer universal algo. Me interesa más que globalización, que suena sobre todo a tendencias de mercados y empresas en su afán por alcanzar una dimensión mundial que sobrepase las fronteras nacionales. La segunda de las palabras parece ser, por otra parte, una especie de talismán que explica y justifica todo, sin que apenas justifique y explique nada. Se nos ha repetido hasta la saciedad, como la tabla de multiplicar cantarina y machadiana, lo de la globalización de la crisis, sin que se detengan ni un solo minuto a decirnos que detrás de esa infamia que intenta ser consoladora hay un gran negocio. Un gran negocio que explotan los de siempre, con la sonrisa cómplice de quienes creen manejar los hilos del poder.

Hace unos días la prensa recogía la noticia de unas pintadas ofensivas sobre dos pilastras de la reja que rodea la catedral de León. Aunque sería necesario matizar algunas actuaciones, lo objetivamente cierto es que se trata de un acto vandálico. Un acto vandálico que, desgraciadamente, pertenece al ámbito de la globalidad. Y no me refiero, o no me refiero solo a la destrucción del patrimonio por parte de esos fundamentalistas armados despiadadamente que atentan contra la vida humana y contra las manifestaciones de la creación de la belleza a lo largo de la historia del ser humano. Esta actitud, de efectos irreversibles, está conmoviendo al mundo. Me refiero ahora a esa manía que recorre todas las geografías y sus lugares más emblemáticos llenándolos de mensajes descerebrados, de pintadas de toda índole y condición, de mutilaciones originadas en extrañas condiciones o desde las aberraciones más primarias. El Patrimonio Universal corre peligro permanente, la forma de preservarlo consiste cada vez más, lamentablemente, en cercarlo, alejarlo, separarlo, aislarlo de la contemplación, someter al visitante a un circuito numerado, gregario y de ritmo impuesto. Es, en el fondo, un problema de educación limitado por la maravillosa universalización del viaje y por la impunidad a la que no pocos creen tener derecho. Creo que los responsables del Patrimonio Universal han de tomar medidas conjuntas si no se quiere invertir más en vigilancia que en investigación y conservación. Hablando de esa riqueza que el mundo atesora, por ejemplo en recintos arqueológicos y museos, creo que ha llegado el momento de reivindicar enérgicamente cartelas y señalizaciones indicativas en español. Nuestra lengua forma parte esencial de la globalidad. La riqueza de su diversidad y sus matices se escucha por cualquier rincón del mundo. El reconocimiento de su uso universal pasa también por aquí. Sin ningún complejo. Nuestro patrimonio lingüístico es indiscutiblemente patrimonio universal. Hay que reconocerlo.

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