SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA
A una terrorista arrepentida

C armen Guisasola, antigua miembro de ETA ha manifestado su arrepentimiento en varios periódicos nacionales. Fue condenada por varios asesinatos y por participar en la dirección de la banda terrorista. Tras 24 años en la cárcel hace una reflexión sobre su vida. Se arrepiente del daño causado y siente no poder repararlo. Reprocha a la banda su falta de compromiso con sus presos y de no haber estado a la altura cuando los distintos gobiernos del Estado le abrieron puertas para encontrar una salida al problema terrorista.
Guisasola afirma que en su juventud y en su entorno era normal acabar integrándose en ETA. Esta organización representaba, en sus palabras, la lucha por la libertad. Bien, es su visión de su propia realidad. Quizás a ella le pueda servir para encontrar alguna justificación de por qué se integró en una organización terrorista.
El terrorismo analizado desde una perspectiva personal se convierte en un problema moral. Tomar la decisión de ejercer la violencia de forma racional, calculada y con unos objetivos políticos no está al alcance de todos. Contrariamente a lo que se piensa en general, matar a otra persona no es fácil. Lo mismo que somos portadores de un instinto agresivo, necesario para nuestra supervivencia, lo somos de un factor de inhibición que nos dificulta mucho el matar a nuestros semejantes. Esta conclusión es fácil de alcanzar si recordamos que en nuestra vida el conflicto en su máxima extensión con los demás es permanente y nos produce frustración la conducta ajena y no por ello recurrimos a la violencia.
La decisión de integrarse en una banda terrorista tiene consecuencias irreversibles para el activista: El paso a la clandestinidad, la pérdida de la ética social mayoritaria para asumir la ética de la violencia y los valores asesinos de la banda. Se necesita el apoyo de más gente que ayude a dar ese paso. Guisasola lo explica muy bien cuando critica a aquellos que alentaban la lucha armada de ETA y brindaban cada vez que aumentaba el número de víctimas, pero que no empuñaron jamás un arma por la cobardía de temer ser detenidos. Ellos también son culpables y a ellos hay que pedirles también responsabilidades.
El ejercicio del terrorismo es una activad cobarde. Cobarde porque se mata a traición, siempre en posición de superioridad respecto de las víctimas. Estas, aunque en la mayoría de los casos son profesionales de la seguridad, son asesinados por la espalda o por el procedimiento de atentados mediante bombas donde los verdugos están perfectamente protegidos.
Guisasola no parece estar orgullosa de lo que hizo mientras perteneció a la banda terrorista. No se considera un monstruo. Eso es cierto, los terroristas no son monstruos, son personas que fríamente y conocedores de las consecuencias, han decido matar inocentes de forma organizada y sistemática. Hacer el mayor daño posible en sus acciones es uno de los principios básicos del terrorismo.
Para el común de los ciudadanos, los parámetros en los que se mueve un terrorista son simplemente inaceptables. Rompen las mínimas normas de la convivencia humana. Es difícil perdonar a quien ha decidido que sus semejantes son menos importantes que sus objetivos políticos. Por ello, es muy difícil aceptar de nuevo en la sociedad a aquellos que han dado pasos en el sentido de pedir perdón a las víctimas.
Yo le sugiero a Carmen Guisasola, si quiere ser de utilidad a la sociedad que tanto daño le causó, que intensifique su labor de activista, en este caso por la paz. Que apoye a las víctimas de forma activa, ayude a explicar a todo el mundo, pero fundamentalmente a los jóvenes, lo que realmente es el terrorismo, sus mentiras, el sufrimiento que causa y sobretodo su ineficacia. El Estado de Derecho tiene suficientes resortes para eliminar al terrorismo como se ha demostrado en Europa en las últimas décadas.