Publicado por
Manuel Alcántara
León

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L a puntualidad sigue siendo una virtud que no tiene testigos. Como el otro no se ha presentado, no puede ni siquiera presentarnos sus disculpas. Más vale llegar a tiempo que rondar un año, pero llevamos varios haciendo las rondas diurnas y nocturnas y lo único que pasa es el tiempo, que ya sabemos que es intemporal, aunque corre que se las pela. El Pleno del Constitucional acordó no suspender cautelarmente la declaración independentista. Los magistrados quizá confíen en la gestión balsámica de los días, que se persiguen los unos a los otros sin alcanzarse, pero los que los tenemos contados nos impacientamos. ¿Qué hacen estos excelentísimos señores ante el desguace? ¿Conservan la calma o conservan la cobardía? Hay quienes creen que lo que quieren conservar es su puesto, pero esa era también la aspiración de aquellos espectadores que no se movieron en en el teatro y todos murieron calcinados.

El arte de esperar siempre ha tenido más profesores que alumnos. Recuerdo que yo fui un aplicado discípulo hace exactamente diez años y escribí un artículo alabando a las personas que se reunieron en más de 350 ciudades del mundo para demostrar que aunque sea ancho, no es ajeno. Se congregaron para luchar contra el hambre, que es una afrenta, y para conminar a los diferentes gobiernos para que cumplieran sus bellas promesas. Entonces, como ahora, promover es gratis, pero sigue el mismo dato: cada cinco segundos muere de inanición un niño en algún lugar de lo que Omar Khayyam llamó «el destartalado mesón que es este mundo».

Una década después he llegado a pensar que a mí no me engañan otra vez. Que ya está bien de tragarse mentiras de la FAO y de los partidos políticos, mientras 3.500 millones de personas no tienen nada que llevarse a la boca porque ganan un dólar al día. Una cantidad que sólo da para ganar disgustos. Otras veces pienso que la esperanza es alimenticia y hay que seguir esperando.

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