RÍO ARRIBA
El sabotaje de las palomitas
A sistir ahora mismo en León a la proyección de una película con garantías de verla perfecta e íntegramente es imposible. Es un derecho al que hemos renunciado en provincias y que, como muchas otras claudicaciones, se acepta como si cualquier cosa.
El pasado domingo he ido a ver una película al pabellón universitario del Albéitar, último reducto donde, milagrosamente, puedes ver un film completo, es decir, en versión original, que es como el director y los actores que mascullan, sollozan o gritan durante la historia, pretendían que se viese y se escuchase su película. Lamentablemente, dado los tiempos que corren, no todo podía salir bien: a mitad de la película suena un móvil y justo al lado he de soportar a una pareja que susurra o murmura cuando le viene en gana. Lo peor se desarrolla al final, cuando, sin haber empezado a salir los títulos de crédito, el personal se levanta, se rasca, te tapa la pantalla y da voces a los rezagados. Te impiden ver esa parte donde te informan de las localizaciones, los autores de la música o los nombres de los actores: como si un librero tronado te arrancase la solapa del libro donde figura la semblanza del autor, o como si en una exposición el comisario decidiese cubrir un segmento de un cuadro de Goya.
Esto en el santuario cinéfilo de la ciudad, porque no les cuento lo que sucede en las salas comerciales que nos quedan: ahí los groseros tienen patente de corso y te puedes encontrar desde gilipollas que mastican a mandíbula batiente o se dedican a charlar con sus compañeros de butaca (como si estuviesen en el salón de su piso y es algo que, por cierto, no solo perpetran jóvenes descerebrados, sino parejas talluditas y ancianas correosas), a padres que llevan a sus hijos (que lloran y se quejan, claro) a películas donde, por ejemplo, los protagonistas follan o se agreden con impune desfachatez. Lo de que la gente se levante antes de que finalice la película no es que sea algo habitual, es que se fomenta por los responsables del cine, que encienden las luces y obligan a los acomodadores a pasar las escobas cuando tú todavía permaneces sentado.
A muchos esto puede parecerles algo sin relevancia, pero la tiene y mucha: el cine, además de entretenimiento, es a menudo una hermosa expresión artística —con frecuencia una incomparable fuente de conocimiento y análisis social— y ya me dirán ustedes por qué los leoneses han de renunciar a disfrutarlo y vivirlo íntegramente. Abdicando de la belleza, revelamos de qué pasta estamos hechos: da igual todo, la cultura es para sibaritas, no merece la pena respetarla, el dinero que pago me da derecho a despreciarla. La barbarie y la estupidez empiezan en miserias aparentemente pequeñas.