Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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E n Francia había estallado la revolución. La multitud asaltaba el Palacio de las Tullerías y el rey tenía los días contados. Los partidarios de cortar por lo sano con el Antiguo Régimen afilaban las guillotinas.

En América la revolución había triunfado y las trece colonias se habían independizado de la monarquía inglesa para constituir los Estados Unidos y alumbrar la primera democracia moderna. Una democracia que toleraba la esclavitud de los negros y todavía no reconocía el sufragio femenino.

En España había un rey al que no le gustaba reinar y delegaba en un valido. La Ilustración no había cuajado de la misma forma que en el resto de Europa y nuestros antepasados vivían anclados en la decadencia y el atraso. En la pobreza y el oscurantismo, a pesar de los esfuerzos reformistas de ministros como Floridablanca, o de intelectuales como Jovellanos.

Mozart acababa de morir en Viena. La música clásica estaba en su esplendor. Beethoven era una joven promesa. La novela estaba a punto de emerger como género literario de referencia y un capítulo importante lo iban a escribir mujeres. Jane Austen era una adolescente. Se acercaba la hora de las hermanas Brönte. Y faltaban cinco años para que naciera Mary Shelly, la autora inmortal de Frankestein o el moderno Prometeo.

Les hablo del año 1792. Les hablo de la madre de Mary Shelly, la escritora y filósofa inglesa Mary Wollstonecraft. Y les hablo del libro que escribió en un momento de cambios, Vindicación de los derechos de la mujer ; tratado pionero en reclamar la igualdad con el hombre.

Faltaba más de un siglo para que las mujeres pudiera votar. Ser elegidas. Casarse con libertad. O acceder a las universidades sin que las señalaran como bichos raros. Y dos siglos para que la violencia de género saliera del anonimato y de la invisibilidad. Porque a pesar de los avances, la mujer en nuestro tiempo sufre como nunca el terror doméstico. Wollstonecraft, que murió tras dar a luz a Mary Shelley, defendía el derecho de las mujeres a recibir una educación racional. Hoy —sabemos que el machismo es lo que está fallando— tenemos el deber de extenderla a todos los hombres.

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