AL TRASLUZ
La collejina
N o tengo el Espasa a mano, pero barrunto que la colleja es invento español, como la ensaladilla rusa, la tortilla francesa y el Real Madrid. El capón, en cambio, fue ocurrencia de goda. ¿Y el sopapo? En esto ya hay opiniones enfrentadas entre los historiadores, pero dado cómo se las gastan en su gremio mejor no decantarse, no vaya a escapárseles alguno. Mariano Rajoy ha atizado una collejina a su chaval. Lo llamo así porque en estas cuestiones el calibre empleado tiene importancia. Collejina fue. En este tema, mi cogote puede sentar cátedra. Ocurrió cuando se encontraba ejerciendo de comentarista de deportes en un programa de la Cope, al que se había llevado al retoño. A Paco González se le ocurrió preguntar a éste qué le parecían los comentarios de Lama —allí presente— en el videojuego ‘Fifa’. Y el crío no se anduvo por las ramas: «Me parece que son bastantes mejorables, por no decir que son una basura». Tras un gesto entre la risa y la estupefacción, el padre le arreó dicha collejina. Lama le echó sorna: «Pues ¿sabes qué? ahora no voto a tu padre». Y Rajoy: «Con toda la razón». Luego le corregiría al retoño: «No tenías que haber dicho eso». Una situación muy española, resuelta por las partes con humor muy nuestro. Artur Mas quizá ante esa misma situación se hubiese limitado a pellizcarle algo por debajo de la mesa mientras le advertía entre dientes: «Scolta tu, a la próxima te mando con Federico». Sin hacer de menos, me quedo con el método gallego.
Don Mariano pasó parte de su infancia y adolescencia en León. Me da que salió con el cogote intacto. Entre lo alto que era y su elevado coeficiente debió de dar escasas ocasiones para la colleja. A mí también me las atizaron en muy contadas ocasiones, pero sólo porque me las iban agrupando todas para una única metralla. Mucho mejor que te las aticen espaciadas.
Ya en casa y en pijama, don Mariano debió de exclamar: «¡Ay, qué carallo!». Y dormirse con expresión de feliz retranca. Mejor así, que la campaña electoral será muy estresante. No sabe aún que las preadolescencias ahora empiezan a los diez años y no terminan hasta los cuarenta. Comparado con eso, lidiar con la oposición —incluso sin tener mayoría absoluta— es gran bicoca.