CUARTO CRECIENTE
De chiste
Nos quieren hacer creer en el PP que el presidente del Gobierno es como el Cid Campeador, que ganaba batallas después de muerto. En el caso de Rajoy, que está lejos de ser un cadáver político, obtiene la victoria en debates electorales por incomparecencia.
El ausente Rajoy ya nos tiene acostumbrados. Es el presidente que huyó de los periodistas en el Senado, al principio de la legislatura, para no responder a preguntas incómodas. El presidente que dio una rueda de prensa en la distancia, desde una pantalla de plasma. El presidente que no ha hecho nada para resolver la crisis catalana a la espera de que el tiempo arregle las cosas.
La táctica está clara. No exponerse. Dejar que sean los rivales los que se arriesguen. Los que cometan errores. Los que se desgasten. Supongo que tiene presente que las últimas elecciones no las ganó tanto el PP como las perdió el PSOE.
Así le ha ido bien.
Así nos ha ido al resto.
Nos quieren hacer creer en el PP que el presidente del Gobierno no tiene por qué acudir a los debates electorales con los aspirantes a sustituirle porque está muy ocupado, como si no fuera también candidato. ‘Ha sido una pugna por el segundo puesto’, es la consigna. ‘Rajoy sólo debate con el líder de la oposición’, repiten los voceros. Y nos hurtan la posibilidad de confrontar el programa del PP, y el balance de sus cuatro años en el Gobierno, con las propuestas de los partidos emergentes, a los que votarán al menos la mitad de los españoles.
Mientras tanto, Rajoy juega al dominó. Echa una partida de futbolín. Le da una colleja a su hijo en una tertulia de fútbol. Y sus rivales tocan la guitarra, mueven la cadera en los mitines, tiran a canasta en una pista de baloncesto. Cantan en directo. Pero no podemos verles a todos juntos —e incluyo a Alberto Garzón, líder de una formación con representación parlamentaria excluida de todos los debates— contrastando sus ideas.
Esta es la calidad de nuestra democracia, donde los periódicos serios llaman necios a los que plantean una cambio en la Constitución. Y el periodismo más crítico, vapuleado, se refugia en los programas de humor, hasta convertir la política en un chiste.