Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Más de un millón de españoles, casi dos, no votará en estas elecciones debido a las trabas burocráticas. Más de un millón de emigrados, que se han ido de España ante la falta de oportunidades.

Son jóvenes. Seguramente bien preparados. Y son casi dos millones. Hagan un cálculo de cuántos diputados suman dos millones de votos y se darán cuenta de lo que puede perder la democracia. Porque menos de un cinco por ciento de españoles residentes en el extranjero, dicen las estadísticas, ejercen su derecho al voto. La legislación, recelosa, no les favorece.

Se pueden imaginar que su voto, de ejercerlo, no sería condescendiente. Mucha de esa gente que se ha marchado, como en los años sesenta hicieron nuestros padres, nuestros abuelos, lo ha hecho obligada por las circunstancias. Querrá volver. Tener un empleo más adecuado a su formación. Tenerlo en España.

El asunto recuerda a Grecia, ahora que tanto se cita en campaña al país que hoy gobierna Syriza. La diáspora griega, repartida sobre todo por Estados Unidos y Australia, siempre se ha visto obligada a volver a su localidad de empadronamiento el día de las elecciones para que su voto cuente. A coger un avión y gastarse el dinero. De esta forma se quedaron sin votar en las últimas elecciones más de medio millón de griegos.

Asunto feo que explica en parte por qué motivo el clientelismo y los partidos que llevaron al país al desastre se agarraron tanto tiempo al poder en Grecia. Los ciudadanos mejor preparados emigraban al extranjero. Y después no votaban, salvo que tuvieran una buena chequera para viajar a casa el día de los comicios.

En España, y no se ha hablado lo suficiente de ello, nos va a suceder prácticamente lo mismo. A no ser, claro, que la cercanía de las elecciones a la Navidad traiga de vuelta por unos días a la diáspora española.

Son más de un millón de votos. Casi dos. En unas elecciones tan ajustadas, con cuatro opciones empatadas es una cifra lo suficientemente importante como para inclinar la balanza. Alguien debería explicar por qué podemos presentar la declaración de la renta desde el ordenador de nuestra casa, pero no nos dejan elegir a nuestro presidente.

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