SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA
Mujer, no llores

E n el primer artículo que escribo en el año 2016 quiero rendir un homenaje a todas las mujeres víctimas de todo tipo de violencia. El título está tomado prestado de la conocida canción de Bob Marley, un clásico que pone de manifiesto la especial sensibilidad de la mujer frente a situaciones difíciles.
No hay lugar a la duda de que todas las víctimas se merecen un reconocimiento pero, frente a otras conductas agresivas, delictivas, crueles e incluso inhumanas, como puede ser por ejemplo el terrorismo Jihadista en las que considero que sí hay soluciones a corto y medio plazo, en el caso de las mujeres como víctimas no soy tan optimista.
Ya nos ha quedado claro a todos que la condición de mujer supone un yugo que las convierte en víctimas propiciatorias. Analicemos las guerras. Además de sufrir las nefastas consecuencias de las mismas, ellas deben hacer frente a una doble victimización cuando son violadas o les matan a sus hijos delante de ellas, con la finalidad simplemente de causar un mal añadido a la desgracia de uno de los eslabones más débiles en todo conflicto armado.
¿Qué decir de la violencia de género? Poco más de lo que se ha dicho se puede aportar en este terreno. Aquí soy absolutamente pesimista. No veo una solución a corto, medio, ni largo plazo, al menos nuestra generación no verá resuelto esta gran vergüenza para todos los hombres. A 31 de diciembre del año pasado el número de víctimas mortales en nuestro país fue de 57. Mujeres muertas a manos de sus agresores a los que no se les puede calificar de hombres en toda la plenitud de la palabra. No es hombre el que maltrata a una mujer, será otra cosa, quizás por definir, pero no un hombre.
La antropología nos enseña que la mujer ha sido una víctima en todas las sociedades, salvo alguna excepción donde regia el matriarcado. Y lo ha sido por el mero hecho de ser mujer, por una marca de Caín que su compañero masculino grabó a fuego en su frente en los orígenes de la humanidad. Cuando el mono evolucionó hacia lo que hoy somos, una parte de su genética animal de macho dominante quedó durmiente y en muchos de nuestros congéneres masculinos despierta y lo que es más grave, rige su conducta.
Por ello soy pesimista, todas las medidas adoptadas y las que se adopten, no pasan de ser medios paliativas para amortiguar los efectos de una violencia genética en el hombre. Estas reflexiones tienen su origen en lo que conocemos como primer mundo, si a esto le añadimos la influencia de religiones en estados donde las mujeres no pueden ni siquiera conducir un vehículo o se las sigue lapidando por haber cometido adulterio, a uno le provoca una desazón y desorientación temporal que no sabe si vive en el siglo XXI o en la Edad Media.
Tracy Chapman en una canción llena de amor recriminaba a su amante que no era capaz de decir lo siento, perdóname o te quiero. Aquí radica en gran parte el origen de la conducta masculina frente a la mujer. Si en ese largo camino evolutivo el mono hubiera prestado más atención a las necesidades y sensibilidad de su compañera y menos a la caza, quizás hubiera arraigado en él una genética que le permitiera dotarse de una perspectiva más humana y receptiva al sufrimiento del más débil.
Cundo digo débil, me refiero a debilidad física, porque, y aquí está una de las grandes contradicciones de este problema, la mujer es el soporte y guía de todo hombre de bien. Los machos, cuando nos sinceramos reconocemos que las mujeres siempre van un paso por delante de nosotros. Su especial sensibilidad le permite percibir y sentir el mundo con una amplitud de miras de las que carecemos los monos machos.
Quizás, en algún momento la violencia contra la mujer por el mero hecho de su género pase al olvido. Quizás eso ocurra cuando al ver a nuestras mujeres nos salga de dentro y de forma natural todo aquello que Tracy Chapman dice que no somos capaces de decir.