Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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N ació en la clandestinidad, crió polvo durante años en los sótanos del Museo Reina Sofía, y desde hace unos días cuelga de las paredes del Congreso de los Diputados, compartiendo espacio con las fotografías del rey Felipe VI y la reina Letizia, los cuadros de los reyes eméritos Juan Carlos I y Sofía, los bustos de los presidentes de la Segunda República, Manuel Azaña y Niceto Alcalá Zamora, y el de la gran adalid del voto femenino, Clara Campoamor.

Les hablo la pintura de Juan Genovés titulada El abrazo , todo un icono de la Transición, que vivía una segunda clandestinidad en un almacén para vergüenza de nuestra democracia —sólo me viene a la cabeza otro cuadro de un pintor español del siglo XX con la misma carga simbólica y es El Guernica — y estupor de quienes aprecian la obra de uno de nuestros artistas más reconocidos.

Llama la atención que sea ahora, con la Transición tan denostada por quienes piden un cambio en la Constitución y se quejan de sus cabos sueltos, cuando el cuadro de Genovés, que no ha dejado de creer en la lucha de clases, emerja de su encierro y ocupe el lugar que merece.

Ayer comenzaba la nueva legislatura en el Congreso de los Diputados. Me pregunto cuántos de nuestros representantes políticos se habrán parado a mirar el cuadro, símbolo de la reconciliación y de la convivencia democrática. Me lo pregunto porque ayer le buscaban las cosquillas a una mujer, la diputada de Podemos Carolina Bescansa, por llevar a su bebé al hemiciclo, ¡qué escándalo, una madre!, y la acusaban de postureo porque hay una guardería en el Congreso. Como si una madre, ¡qué escándalo!, no tuviera derecho a llevar en brazos a su hijo lactante si su trabajo se lo permite, como recomiendan los pediatras.

Bescansa ha conseguido que se hable de las mujeres que no pueden hacer lo que ayer hizo ella. Ha colocado en el centro del debate los problemas para conciliar la vida laboral con la maternidad y la discriminación que sufren las madres por ello. No hace falta que le pongan un busto, ni siquiera que le den un abrazo. Pero la última pregunta que me hago es cuántos años tienen que pasar aún para que el gesto de Carolina Bescansa, ¡qué provocación!, no le extrañe a nadie.

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